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sábado, 19 de abril de 2014

La Armada y la Semana Santa. Una simbiosis secular. Luis Mollá Ayuso. Blog El sextante del comandante.

LA ARMADA Y LA SEMANA SANTA por el CN Luis Mollá Ayuso.



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                                            http://www.el-sextante-del-comandante.es/85205447

       Una simbiosis secular

Sabido es que el siete de octubre de 1571 Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos y Capitán General de la Armada de la Santa Liga, impuso sus naves a las del imperio otomano en la que se dio en llamar la batalla de Lepanto. Como consecuencia, Gregorio XIII ordenó trasladar a ese día la fiesta de la Virgen del Rosario, pero es menos conocido que el hermanastro de Felipe II acudió al combate con una réplica de la imagen de Nuestra Señora de Butarque, Virgen venerada en Leganés a la que el llamado Jeromín gustaba de encomendarse por haber crecido en esta localidad vecina de Madrid. Obtenida la victoria, Juan de Austria solicitó a su hermanastro un título castrense para su venerada Virgen, siéndole concedido el de Capitán General de los ejércitos, razón por la que su talla aparece tocada de fajín rojo y bastón de mando.

Fue la primera vez en la que la Virgen fue distinguida con semejante rango, pero no la única. En 1862, Isabel II otorgó idéntico nombramiento a la Virgen de los Reyes de Sevilla, cuya imagen acompañaba a Fernando III “El Santo” en sus batallas durante la reconquista y, quien más quien menos, todos hemos tarareado esa jota: La Virgen del Pilar dice / que no quiere ser francesa / que quiere ser capitana / de la tropa aragonesa. En su histórico catolicismo, encontramos decenas de distinciones parecidas en la mayoría de regiones de España, aunque, por circunscribirnos sólo a las andaluzas más cercanas, me referiré aquí al ascenso a Capitana General concedido por Alfonso XIII en 1925 a la Virgen de Zocueca, de Guarromán, que prestó auxilio espiritual a los hombres del general Castaños en la batalla de Bailén o a la almonteña Virgen del Rocío, título concedido en 1928 también por Alfonso XIII. Más recientemente, en 1947, Franco impuso el fajín a la Virgen del Rosario de Cádiz, la popular Galeona que venía protegiendo a los barcos españoles que partían al Nuevo Mundo desde prácticamente el descubrimiento de América. En 1962, la misma distinción alcanzó a la réplica de la Virgen del Rosario que se venera en Granada.

Otra importante advocación Mariana es la de la Virgen de Guadalupe de Cáceres, portadora del Toisón de Oro desde el siglo XVII por su título de Reina de las Españas, otorgado por Alfonso XIII en 1928. Cuarenta años después, en 1968, el título y los honores de Capitana General alcanzaron a la imagen gemela de esta Virgen, “la chiquitilla del Gavellar”, que se venera en Úbeda. Ya en 2007, el general jefe del Eurocuerpo, con sede en Estrasburgo, ofrendó su bastón de mando a la sevillana Virgen de Triana.

En cuanto a la Virgen del Carmen, es desde 1955 Capitana General de la Armada y, desde cuatro años antes, Alcaldesa Perpetua de la gaditana localidad de San Fernando, ciudad con una extraordinaria solera marinera. La conocida advocación de los marinos a la Virgen de los Mares se oficializó en 1901, aunque la tradición que la une a los hombres de mar hay que buscarla en 1235, cuando los carmelitas tuvieron que abandonar su templo en Tierra Santa debido a la presión de los sarracenos. Antes de embarcarse rumbo a Europa, se congregaron para cantar la Salve Regina y fue entonces cuando, según nos cuenta la tradición, se les apareció la Virgen, presentándose como la Estrella del Mar, lo que la convirtió, de facto, en faro y guía de los pescadores y marinos de la época.

Entre aquellos carmelitas estaba San Simón Stock, a quien se apareció la misma Virgen el 16 de julio de 1251, haciéndole entrega del escapulario que no suele faltar en el pecho de ningún hombre de mar. Y en este mismo acto, y aquí tiene su origen una de las supersticiones ancestrales de los hombres de mar, que no ven con buenos ojos la presencia de curas a bordo, parece ser que la Virgen prometió a San Simón que no dejaría morir sin confesión a ningún marino tocado con el escapulario. Consecuentemente, no habiendo cura a bordo, ningún hombre podría morir, ya que la confesión era imposible, de ahí que todavía hoy algunos marinos tuerzan el gesto al ver una sotana a bordo.

Habiéndolo titulado “La Armada y la Semana Santa”, no puedo cerrar este artículo sin referirme a la fuerte entronización que la Institución Armada ha tenido siempre con la semana de pasión. Los piquetes de Infantería de Marina, compañías de marinería y escuadras de gastadores han sido aportaciones tradicionales de la Armada a las solemnes celebraciones y desfiles de Semana Santa desde tiempo inmemorial. Ya en fecha más reciente y debido a las nuevas leyes que hacen que la contribución a este tipo de actos sea una cosa puramente personal y voluntaria, parecía que el número de uniformes de la Armada entraría en un receso, sin embargo, el año pasado, novecientos miembros de la armada desfilaron en las procesiones de 21 municipios pertenecientes a 14 provincias diferentes.

Personalmente, de entre las diferentes aportaciones de la Armada a la Semana Santa, me quedo con esa bonita tradición que tiene lugar en Cartagena, donde una talla de San Pedro está tan involucrada con la Armada que, además de tener nombre propio: Pedro Marina Cartagena, recibe, desde el siglo XVIII, su salario mensual como maestro de taller, nómina que va a parar a la hermandad a la que pertenece. La imagen arrancha en las instalaciones militares del Arsenal y a la hora de salir en procesión, se detiene cada año delante del balcón de Capitanía General, donde el bueno de San Pedro pide el preceptivo permiso para salir, licencia que le es concedida con la condición de regresar a su cuartel antes de la medianoche del Miércoles Santo. Como quiera que la procesión se recoge al amanecer, resulta que San Pedro llega tarde, razón por la que recibe la correspondiente regañina y es arrestado hasta la Semana Santa del año siguiente.

Quiera la Virgen del Carmen que la de este año sea feliz para ustedes y transcurra sin sobresaltos.

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