La gesta de Carlos I e Isabel de Portugal: 500 años de la boda imperial.
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Era marzo de 1526, hace 500 años y Sevilla brillaba rutilante. El comercio con las Indias había transformado su fisonomía. En el puerto se trabajaba sin descanso; los mercaderes abarrotaban las tabernas; los artesanos producían para una clientela cosmopolita, y las cofradías competían en magnificencia. Sevilla era, en palabras de un cronista, «un corazón palpitante de la Monarquía Hispánica».
En ese escenario vibrante, la ciudad se preparaba para una boda entre primos hermanos, al ser nietos ambos de los reyes católicos: Carlos I de España y V de Alemania era el hombre más poderoso del siglo XVI, emperador de la Cristiandad y señor de un entramado de territorios que se extendían por océanos y mares, encarnación misma del proyecto de una monarquía universal. Ella era Isabel de Portugal, heredera de una de las cortes más refinadas de Europa y una de las más ricas del planeta. Su unión sería una operación política con beneficios territoriales, económicos y la consolidación de un orden internacional en el que dos figuras destinadas a gobernar medio mundo se unirían sin haberse visto jamás. Su boda convertiría a Sevilla en el epicentro político y ceremonial del Renacimiento hispánico.

Carlos e Isabel, en un cuadro de Rubens
La sucesión como fichas de dominó
Pero la importancia del enlace no se explica solo por la relevancia de sus protagonistas ni por su naturaleza diplomática. En la Europa del siglo XVI, los tronos no se transmitían únicamente de padres a hijos. Los territorios eran considerados patrimonios personales de los monarcas, y los matrimonios reales funcionaban como piezas estratégicas en el tablero internacional. Se casaban entre iguales. Las mujeres estaban preparadas para la vida en cortes extranjeras: idiomas, modales, y aceptación del destino forzoso de dar herederos. La fragilidad de la vida —una de cada tres mujeres moría en el parto y la mortalidad infantil era altísima— convertía cada enlace en un asunto de Estado. Dado el carácter endogámico de los matrimonios: la muerte de un rey sin descendencia desencadenaba un efecto dominó que podía alterar por completo el mapa político. Y su hijo tal vez pudiera unir las dos coronas, como, de hecho, así fue.de su pueblo
La unión entre Carlos e Isabel no nació del afecto. Carlos, nacido en Gante y educado en Flandes, había recibido el trono muy joven. La temprana muerte de su padre, Felipe el Hermoso, lo convirtió en heredero de la corona austríaca, con territorios en el Norte de Europa y lo situó en la senda de ser proclamado emperador. Su madre, Juana, enajenada, —por mucho que una teoría actual pretenda negarlo—, le cedió el trono de Aragón, con el Sur de Italia y Castilla, dueña ya de América.Cuando llegó a la corte hispana, fue recibido con frialdad. Llegaba como un extranjero y tenía un enemigo que en realidad no lo era, pues siempre le fue leal, pero en el que muchos veían al candidato perfecto para sustituirlo: su hermano Fernando, educado por Fernando el Católico.

Carlos I
Un Monarca lejos de su pueblo. La historiografía ha cuestionado sus primeras decisiones: rodearse de nobles extranjeros con los que se había criado y otorgarles cargos y prebendas. Pero, en cierto modo, era comprensible: no hablaba el idioma, desconocía los usos de una corte tan distinta a la de Flandes y se encontró con un entorno hostil. Necesitaba sentirse seguro. Sin embargo, aquello, unido a su empeño en ser nombrado emperador —con los impuestos que ello implicaba—, generó una profunda desafección en todas las capas sociales, desde el clero hasta el pueblo llano.
Esa tensión desembocó en la revuelta de los Comuneros, una revuelta tergiversada en distintas épocas y convertidos en unos proto-republicanos que jamás fueron. El error llegó al extremo de que, durante la Segunda República, por esta condición se incorporó a la bandera el color morado a su pendón… Fue además un doble error, pues no era morado, sino carmesí.
Pero aunque Carlos los venció en Villalar, comprendió que parte de sus reivindicaciones no eran justas. Por ello, fue clemente y otorgó el perdón generalizado a los dos mil apresados, y ordenó que su vinculación comunera no contara para los castellanos. Solo los cabecillas fueron ejecutados. Y hoy dan nombre a calles principales de Madrid. Ni Acuña —por haber saqueado iglesias y asesinar a su carcelero— se libró por ser clérigo.
La elección de esposa
Carlos llegó un momento en el que debía elegir esposa. Era su deber, y se resistía sin que se conozca la razón. La monogamia no era el obstáculo —no era costumbre entre los hombres de la época—.

Isabel de Portugal
Su vida amorosa había sido intensa. Además de las damas flamencas de su adolescencia, mantuvo relaciones nada menos que con su abuelastra, Germana de Foix, segunda esposa de Fernando el Católico. Despreciada en la corte por la sombra alargada de Isabel la Católica, Germana vio en el joven Carlos una presa fácil con la que consolidar su posición. De aquella relación nació una hija. Más tarde Carlos tuvo otra relación con una tal Johanna, de la que tuvo un vástago. Al fin pidió matrimonio a la princesa inglesa, María Tudor, también su prima… con la que, curiosamente, acabaría casándose su propio hijo Felipe.
El equilibrio diplomático exterior era delicado. Francia, conspirando; el turco amenazando; y los príncipes protestantes cada vez más fuertes. Y, al mismo tiempo, Carlos sabía que necesitaba reforzar su legitimidad en la península: un matrimonio que lo «hispanizara» consolidaría su vínculo con Castilla. La elección no podía ser otra: Isabel de Portugal, hija de Manuel I el Afortunado y de María de Aragón. La princesa más hispana del orbe, la candidata perfecta. Ella había sido educada para ser reina. Es más, su madre al morir, ordenó que sus hijas o se casasen con reyes o que profesasen como religiosas.
Además, la dote de Isabel era la más alta jamás ofrecida en corte alguna, propia de una nación enriquecida por el comercio de las especias y dueña de factorías desde África hasta la India. Y entre otras razones eso le decidió. Ella tenía ya 22 años, edad muy tardía entonces para prometerse. Parece que ella le estuvo esperando desde que nació.

Isabel de Portugal
Los reyes entran en Sevilla
Carlos pudo romper su compromiso con la inglesa y las capitulaciones matrimoniales se firmaron en Portugal. Incluían la dote y la dispensa papal necesaria por el parentesco entre ambos. Europa observaba con expectación la alianza entre los reinos ibéricos, consciente de que aquel matrimonio podía alterar el equilibrio continental.
En enero de 1526, Isabel de Portugal abandonaba su patria hacia Castilla. En la frontera de Elvas recibió el homenaje de portugueses y castellanos y entró en Badajoz bajo palio- La ciudad le dedicó varios arcos triunfales y siete días de juegos de toros y cañas, además de justas entre caballeros. No conocía todavía a su futuro esposo. Todo hacía pensar en un matrimonio correcto, distante, estrictamente político. Pero el destino tenía otros planes.

Elvas, frontera de España y Portugal
El 3 de marzo de 1526, Isabel entró en Sevilla como se entra en la historia. La ciudad había preparado un recibimiento digno de una emperatriz. Llegó en litera, subió a una hacanea blanca y fue recibida bajo palio de brocado con las armas imperiales en la Puerta de la Macarena. Vestía raso blanco forrado en rica tela de oro, con gorra blanca, perlas y pluma.
Una semana después, Carlos hacía acto de presencia con sayo de terciopelo y tiras de brocado. Portaba una vara de olivo —símbolo de la paz y homenaje a Andalucía— y montaba un caballo rodado color cielo, un tordo gris azulado cargado de simbolismo. En la Puerta de la Macarena confirmó solemnemente los privilegios de Sevilla y prestó juramento bajo palio, un acto que no era un mero adorno ceremonial, sino el núcleo institucional de la jornada.

La emperatriz Isabel de Portugal
Sevilla le entregó sus llaves: la ciudad se ofrecía al emperador como capital leal del Imperio. Antes de dirigirse al Alcázar, el monarca se detuvo en la Catedral para rezar ante la Virgen de la Antigua, como recogieron los cronistas sevillanos.
Sevilla, escenario imperial
La ciudad se transformó en un gigantesco escenario renacentista. Siete arcos triunfales jalonaban el recorrido, exaltando las virtudes del buen gobernante: prudencia, fortaleza, clemencia, paz y justicia. Más adelante, las virtudes teologales anunciaban el Plus Ultra del nuevo César. El último arco, el de la Gloria, coronaba simbólicamente a Carlos e Isabel mientras la Fama proclamaba sus nombres al mundo.
Los cronistas quedaron desconcertados porque era obvio: entre los novios, que no se conocían hasta entonces, había surgido una atracción inmediata. Y así, un testigo escribió:

Alcázar de Sevilla
«Entre los novios hay mucho contentamiento; aunque todo el mundo esté presente, no ven a nadie. Ambos hablan y ríen, que nunca hacen otra cosa». Y no era raro, ella lo tenía todo: culta, inteligente y dicen que la más bella de su tiempo y de todas las reinas que vinieron después.
El matrimonio de Estado se convirtió, contra todo pronóstico, aunque suene cursi, en enamoramiento. Ni siquiera esperaron a completar el ceremonial. El 11 de marzo de 1526, en los Reales Alcázares de Sevilla, se celebró la boda rápida y sencilla. La solemnidad vendría después de Pascua y Sevilla vivió semanas de esplendor: justas, torneos, desfiles de trajes, espectáculos ecuestres y festejos populares. El propio emperador participó como caballero, para deleite del pueblo.

La autora del artículo (izquierda) en el desfile en Sevilla por los 500 años del aniversario de la boda imperial
Granada: la Pasión
El 14 de mayo, Carlos e Isabel abandonaron la ciudad rumbo a Granada, dejando tras de sí una Sevilla transformada por un acontecimiento irrepetible. Allí, en la Alhambra, vivieron algo poco frecuente en la vida de los poderosos: descanso, intimidad, descubrimiento. Fueron meses de conversaciones y miradas compartidas.
Y un día Carlos sorprendió a Isabel con unas flores desconocidas en Europa traídas de Oriente: claveles. Y es que no había olvidado que su abuelo Maximiliano había regalado la misma flor a María de Borgoña en su boda. A Isabel le gustaron tanto que Carlos mandó plantar cientos en los jardines de la Alhambra y se convirtieron en símbolo de su vínculo. Su ilusión era muy visible: «La emperatriz duerme cada noche con su marido en brazos y están muy enamorados y contentos», escribieron.

La corte empezó a murmurar. Ya había embarazo. Pero la tranquilidad duró poco: Francisco I de Francia violaba el acuerdo de Madrid y formaba junto al Papado y Venecia la Liga de Cognac contra el Emperador. Carlos debía cumplir con su deber y salir de España. Y confiando en su inteligencia y resolución dictaminó que, en su ausencia, Isabel gobernaría como regente.
Una reina fuerte de espíritu y salud frágil
Isabel, a lo largo de trece años de matrimonio, asumiría la regencia nada menos que en cinco ocasiones. Tenía una fortaleza de espíritu que no iba pareja su salud: frágil con fiebres crónicas, anemia, palidez y embarazos complicados.
Y en 1539, tras un aborto, moría a los 36 años. Carlos no estaba presente. Al recibir la noticia quedó devastado. Incapaz de soportar la visión del cuerpo de la mujer que había amado, se recluyó en el monasterio de Sisla, en Toledo, dejando los funerales en manos de su joven hijo y negándose a asistir al entierro.

Claveles rojos
Mandó rodear la tumba de Isabel con claveles, símbolos de su amor eterno. Desde aquel día vistió de negro, no volvió a casarse y la mantuvo viva en su memoria nunca separándose de los retratos que Tiziano pintó de la Emperatriz.
La muerte de Isabel dejó un vacío que no solo quebró al hombre, sino también al emperador. Porque no había sido únicamente la mujer enamorada que espera con ilusión a su esposo; había sido también la regente más sólida y respetada del Imperio, la mujer en la que Carlos depositó su confianza absoluta cuando la política lo obligaba a ausentarse. Su inteligencia, su prudencia y su temple, gobernaron en su nombre durante años decisivos, sosteniendo la estabilidad de los reinos peninsulares mientras Europa ardía en alianzas cambiantes y guerras inevitables.

Muerte de Isabel pintada por Moreno Carbonero
Los embajadores que acudían a la corte lo sabían: Isabel era una soberana capaz de comprender los engranajes del poder, de dictar decisiones firmes y de mantener la cohesión de un territorio inmenso y sus regencias no fueron paréntesis. La muerte los separó demasiado pronto, pero el eco de su amor siguió resonando en la memoria de España y de Europa, como una de las alianzas más fecundas y luminosas de la historia.
El mejor legado: el Reino donde «no se ponía el sol»
Isabel daría al emperador su mejor legado. Porque de aquel amor inesperado nacido en Sevilla y afirmado en los jardines de la Alhambra nació Felipe que uniría la corona lusa e hispánica. El futuro Felipe II, sería el monarca más poderoso del planeta, uniría las posesiones de ambos como señor de un imperio en cinco continentes donde «no se ponía el sol».
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