miércoles, 5 de agosto de 2026

La Feria de Sevilla nació gracias a un vasco y un catalán: así surgió la gran fiesta de abril.

 

  La Feria de Sevilla nació gracias a un vasco y un catalán: así surgió la gran fiesta de abril


De mercado de ganado a icono mundial: la historia (y las anécdotas) de cómo Ybarra y Bonaplata encendieron la mecha de la Feria de Abril.


Sarah Romero.

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feria ganado

La feria nació originalmente como un evento mercantil de ganado.


Actualmente, la Feria de Abril de Sevilla, parece una ciudad dentro de la misma ciudad; pero su origen no es, ni mucho menos, el de un evento concebido como fiesta. La feria nació con un objetivo práctico y muy del siglo XIX: la compraventa de ganado. Y, paradójicamente, su chispa inicial la encendieron dos 'sevillanos de adopción'. Por un lado, un vasco, José María de Ybarra, y por otro, un catalán, Narciso Bonaplata.

La feria surge cuando Ybarra y Bonaplata solicitan al ayuntamiento de Sevilla la recuperación de las ferias de Sevilla, una en abril y otra en septiembre. Lo de 'recuperar' no era una palabra al azar, ya que en 1254, Alfonso X el Sabio había otorgado el permiso para celebrar esas ferias, apenas seis años después de que su padre conquistara Sevilla. 


La Sevilla del XIX, sin embargo, necesitaba activar su economía y su vida comercial con una cita anual consistente. Y ahí entra la propuesta de una feria de tres días en el mes de abril, pensada para ser un gran punto de encuentro de ganaderos, agricultores y tratantes de ganado en general. La iniciativa cuajó rápido. El Ayuntamiento aprobó la petición en septiembre de 1846 y la feria se autorizó por decreto de Isabel II en 1847.

INAUGURACIÓN DE LA FERIA DE SEVILLA EN 1847: 19 CASETAS Y ÉXITO INMEDIATO

La primera feria se inauguró el 18 de abril de 1847 en el Prado de San Sebastián, con 19 casetas, y fue un éxito tan rotundo que, al año siguiente, los organizadores pedían más presencia de autoridad porque 'los sevillanos y sevillanas, con sus cantes y sus bailes, dificultaban la realización de los tratos'. La frase, recogida por el Ayuntamiento de Sevilla es tremendamente reveladora porque desde el principio, la feria mercantil llevaba dentro un alma festiva que terminaría imponiéndose sobre todas las cosas.


Como curiosidad, a aquella primera e histórica feria acudieron alrededor de 25.000 visitantes, una cifra enorme para un evento que acababa de nacer. En ella tuvieron lugar exposición de ganados, premios, pastos gratuitos en Tablada y el Prado, abrevaderos, juzgado especial, puestos de juguetes, frutas y dulces, buñolerías y tabernas…


feria sevilla

La feria ha ido ganando popularidad con el paso de los años hasta convertirse en un reclamo internacional.


UNA FERIA QUE EMPEZÓ SIENDO DE GANADO

Durante sus primeros años, la Feria tuvo un carácter campestre marcado por la venta de ganado, pero a medida que Sevilla crecía, la cita fue ganando un aire más urbano y menos rural. En la edición de 1849, apenas un par de años después, se pusieron caminos en el recinto y se empezaron a expedir licencias para tabernas y quioscos.

La transformación de mercado a fiesta se acelera con el tiempo: durante la segunda mitad del siglo XIX, otras exposiciones y ferias comerciales le restan exclusividad mercantil; y ya en el siglo XX, la Feria se centra cada vez más en el festejo, dejando por completo de lado su componente mercantil a mediados del siglo XX. Dicho de otra forma: lo que empezó para vender ganado terminó como un gran mecanismo de identidad colectiva, transformándose en una expresión singular de color y alegría (y ganando días con ello). Hoy se celebra durante seis días cada año.


LA ESTÉTICA DE LA FERIA TAMBIÉN CAMBIÓ

Hay un momento clave en la construcción visual de la Feria moderna: la portada. Si bien en 1896 se instaló la Pasarela, por ejemplo, una estructura de hierro al final de la calle San Fernando, con iluminación (y focos eléctricos desde 1906), acabó desmontándose en 1921, pero dejó la idea de que la Feria necesitaba un 'umbral', un símbolo importante de entrada. Desde entonces, comenzó a levantarse anualmente una portada, y en 1949 se colocó la primera de gran envergadura.

Otro hito esencial llega en 1973, cuando el recinto se traslada desde el Prado de San Sebastián al barrio de Los Remedios. La mudanza permitió ampliar el número de casetas a más de seiscientas y, con el tiempo, el Real crecería hasta albergar más de mil casetas. Y es que si hay un elemento que define la Feria -más que el albero o los farolillos-, son las casetas.

En los primeros tiempos, las casetas eran más bien establos pero con los años se convirtió en un espacio social, gastronómico y musical y con su propia sociología con la aparición de casetas de familias, de hermandades, de partidos, de distritos… y casetas públicas o de entidades con entrada libre.


La Feria de Abril nació de una necesidad económica que acabó creando un espacio común donde la ciudad se encuentra consigo misma y, casi dos siglos después, el Real sigue funcionando como una promesa anual donde durante una semana, la vida se muda a un lugar efímero donde solo reina la alegría y la música.




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Blog Historia Urbana de Madrid: Galdós, el joven periodista desde la veleta de Santa Cruz. Madrid, 1865. Casa Arnáiz. Barbarita Arnaiz.

 


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Historia Urbana de Madrid: Galdós, el joven periodista desde la veleta de Santa Cruz. Madrid, 1865. Casa Arnáiz. Barbarita Arnaiz. 

lunes, 17 de febrero de 2020

Galdós, el joven periodista desde la veleta de Santa Cruz. Madrid, 1865

El 3 de febrero de 1865 Benito Pérez Galdós publicará su primer artículo en el diario progresista La Nación. Ya conocía Madrid al detalle; mentidero seccionado en barrios, fuente inagotable de información y de recursos literarios que, para el gran observador y ahora periodista, habían representado su mayor aprendizaje.

Meses más tarde, el domingo 29 de octubre, en el habitual espacio que ocupaba su Revista de la Semana, Galdós recomendará a los novelistas modernos elevarse a las torres más altas. Él lo hará, con el sugerente título de «Desde la veleta» como introducción a los temas de la semana. Tan conocedor del paisaje madrileño, se le antojará imaginarse veleta en el campanario de la iglesia de Santa Cruz.


La Plaza Mayor desde la Torre de Santa Cruz.
Parcerisa Boada, Francisco Javier.
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 2491.
Descripción: "CASTILLA LA NUEVA. / Dibº. del nat. y litª por F. J. Parcerisa -- Lit. de J. Donon.
MADRID: PLAZA MAYOR. / desde la torre de Sta. Cruz". Litografía. 21 x 29,2 cm


La iglesia de Santa Cruz
Don Ramón de Mesonero Romanos, aquel curioso parlante que fue su amigo, contará en 1861 la historia de la iglesia parroquial que daba nombre al arrabal de Santa Cruz. La primitiva ya no existía. Su torre, aunque muy antigua, tampoco era la original. Había sido derribada en 1632 por su estado ruinoso y reconstruida a costa del Ayuntamiento y los vecinos de la parroquia. De planta cuadrada y sin ornato, por sus 144 pies de altura (43,89 metros) predominaba en una de las zonas más elevadas del antiguo Madrid, lo que la hacía digna de ser llamada «la atalaya de la corte».

Se dice que la veleta de Santa Cruz estaba en línea recta con el cerrojo de la puerta de Santa Bárbara.

La iglesia, después de varios incendios tuvo que ser reedificada en 1767 y en ocasiones restaurada durante el siglo XIX hasta su completa desaparición.

La Correspondencia de España del día 11 de junio de 1860 publicaba un premonitorio artículo en la columna Diario de las familias. Emulando el diálogo con un parroquiano, decía que se había cerrado la iglesia «para derribar su media naranja porque está desplomada. Esto quiere decir que se van a gastar 25,000 duros en renovarla para que dentro de dos o tres años la piqueta deshaga esta obra como todo el templo». Además, se insinuaba que Santa Cruz debía ubicarse en el templo de Santo Tomás, que estaba en frente, sobre la calle de Atocha…, y así ocurriría años más tarde.

El 22 de marzo de 1861 el mismo periódico anunciaba que ya había finalizado la construcción de la cúpula y que probablemente en unos meses terminarían «las obras de reparación, ornato y restauración de este templo».

Tal como había anunciado La Correspondencia de España en 1860, la iglesia será trasladada a Santo Tomás y derribada en 1869. Sólo se conserva el muro lateral, sobre la calle de la Bolsa (antigua plazuela de la Leña), donde estuvo la capilla de los Ajusticiados.

El joven Benito conocerá este templo y verá el trasiego de gente que acudía a sus oficios; oirá sus campanas, y quizá presencie la salida de los cortejos fúnebres, especialmente los más suntuosos, como el de Antonio María del Valle, exministro de Hacienda y primer subgobernador del Banco de España.


La Correspondencia de España. 16 de mayo de 1863

A la plaza homónima, vecina de la de Provincia, concurría la sociedad madrileña en Navidad por su mercado y el Domingo de Ramos por la presencia de la comitiva del Ayuntamiento. Lejos había quedado la costumbre de poner en la esquina de la plaza un altar con el crucifijo que acompañaría al suplicio a los reos sentenciados.

Y en aquel escenario de arrabal medieval y de los Austrias, el joven Galdós trazará años más tarde un mapa detallado del Madrid que identificamos como galdosiano.


Parroquia de Santa Cruz
Carlos MÚGICA y PÉREZ
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 1965.
Descripcion: "MADRID ARTISTICO. / Mujica litº. PARROQUIA DE STA. CRUZ Litogª de Perez Bº "
Litografía. 17,2 X 22,6 cm


Pero hasta aquí llegamos con esta historia, porque nos ocuparemos ahora de la de dos casadas, con nuestro interés puesto en la iglesia que hasta el año 1869 estuvo en la plaza homónima.

Muchos años pasarán, además de unas cuantas exitosas novelas y dos series de los Episodios Nacionales, hasta que Galdós vuelva a ser veleta sobre la torre de la iglesia para introducirnos en Fortunata y Jacinta.

Barbarita y Baldomero
Barbarita Arnaiz había nacido en la calle de Postas, esquina con el callejón de San Cristóbal. Por su parte, Baldomero I Santa Cruz tenía una tienda de paños del Reino en la calle de la sal.

Fue en tiempos de la regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, el 3 de mayo de 1835, cuando Barbarita Arnaiz y Baldomero II Santa Cruz contrajeron matrimonio en la iglesia de Santa Cruz. Vivirán primero en la casa de Baldomero, que estaba en la plazuela de la Leña y más tarde en la plaza de Pontejos. De la unión nacerá diez años más tarde su único hijo, Juanito, el Delfín. Será en septiembre de 1845, reinando Isabel II.

Plácido Estupiñá
Citado Mesonero Romanos, es propio mencionar, porque así lo refiere Galdós, que Plácido Estupiñá había nacido en 1803 y «se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido como éste, el 19 de julio del citado año».

Personaje peculiar, Estupiñá era fiel servidor de los Arnaiz desde su juventud, y más tarde de Barbarita. No era hombre de misa diaria, sino de varias misas al día; además de hermano de la Paz y la Caridad, cofradías que junto con la de las Ánimas y la de Confiteros, formaban las de la parroquia de Santa Cruz. Vivía, como todos sabemos, en los altos de la Plaza Mayor, a tiro de piedra de varios templos.

Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

Cuando Santa Cruz y su torre desaparecieron bajo los escombros, Plácido y Barbarita lo pasaron muy mal. Y no mejor cuando se levantó una casa sobre el santo solar.

Por aquello de ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas (…) Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el sombrero.

PLANO DE SITUACIÓN
Historia urbana de Madrid - ISSN 2444-1325



Galdós, desde la veleta
Transcribimos a continuación parte del texto publicado en el faldón de La Nación aquel día de octubre de 1865. Omitimos el contenido de los títulos Carta a la Academia de la Lengua - Teatros - Il Saltimbanco - La señora States y el tenor Fancelli - El barítono señor Merly; muy interesantes todos ellos.



Veintidós años tenía Benito Pérez Galdós cuando su mente creadora le llevó a encaramarse en lo más alto de la villa y corte, desde atalaya donde poder contemplar vidas anónimas, las mismas que más tarde plagarían de realidad sus novelas, sus cuentos y la historia de una España empequeñecida desde la veleta.




En tanto que las miradas no se apartan de las veletas que giran en los campanarios, las interrupciones que había sufrido la vida orgánica y política de la corte de España van desapareciendo, y pronto las funciones que caracterizan su existencia volverán a aparecer con los mismos determinados síntomas. Si las veletas, que son ahora el objeto que más atraen nuestra vista pudieran contemplar desde su altura el aspecto de la población y medir en su imperturbable círculo el movimiento de la multitud, ¡con cuánto placer olvidarían su tarea de señalar el caprichoso correteo de Eolo para fijar en la tierra su aguja inflexible como un dedo acusador; para escudriñar con veleidosa atención las posiciones que el viento de tierra hace tomar a los individuos que andan por esas calles sometidos a su versátil influencia!

Es preciso confesar que el nido de la cigüeña es una magnífica tribuna donde más de un orador pudiera anatematizar la corrupción de la villa, y sería el más feliz de los mortales aquel que pudiera asirse a la campana como el buen Quasimodo, y contemplar dando volteletas en el aire el inmenso panorama que se extiende bajo el horizonte que describe la veleta en su incesante movimiento. Imaginemos una escursion a vista de pájaro; y ya que no podemos como el diablo Cojuelo levantar los tejados para registrar con nuestra mirada las interioridades de las habitaciones, ya encontraríamos asunto para divertirnos en la simple contemplación de las calles y de los dramas, sainetes y comedias que desenvuelven su complicada acción en más de una esquina.

Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid; ver el que entra, en que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de este, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir al simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculte entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio; mirar hacía la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paseo, como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y la otra hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahur que encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la Calle de Gitanos; oír la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que tiritando y soñoliento entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios; ver al sacristán moviendo el pesado cerrojo de la puerta santa y contar las primeras mogigatas que suben las sucias escaleras del templo; ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataúd gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre; ver… pero a dónde vamos a parar.

¡Cuántas cosas veríamos de una vez si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!

Recomendamos a los novelistas que tan a saber explotan la literatura moderna el uso de este elevadísimo asiento, donde sus ojos podían ver de un sólo golpe lo que jamás pudieron ver ojos madrileños; donde sus plumas podrán tomar, oportunamente remojadas, toda la hiel que parece necesaria a sazonar el amargo condimento de la novela moderna. Suban a las torres, y allí colocados a horcajadas en el cuadrante, con un pie en el Ocaso y otro en el Oriente, podrán crear un género literario remontadísimo, que desde hoy nos atrevemos a bautizar con el nombre de literatura de veleta.
B. PÉREZ GALDÓS


Así describió Galdós la vida madrileña desde una supuesta altura. Suave crítica, delicado humor e ironía en este texto más semejante a una obrita o cuento que a un artículo de prensa.

Aquella «literatura de veleta» será para el escritor y dramaturgo la auténtica renovación de la novela española; la fotografía de una sociedad; el mapa exacto del Madrid decimonónico; la crónica e historias de la urbe y sus gentes; la historia de una España no tan diferente, de la que todo cuanto Galdós dijo continúa vigente.


El presente artículo, donde se muestra a Galdós como un joven periodista, es el fruto de la conversación mantenida con D. Germán Gullón hace unos días. A él se lo dedico.

Eduardo Valero García

BLOG: ROBERTO ARNAIZ. ENLACE. ( y Entrada: Las élites extractivas y el país que Belgrano quiso evitar. )


Museo Naval de Madrid
Puerta por trasera edificio del CGA
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Blog | Roberto Arnaiz 

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UNA ENTRADA:

Las élites extractivas y el país que

Belgrano quiso evitar

Hay personajes que nunca aparecen en las fotografías oficiales, pero sobreviven a todos los gobiernos.No fundan escuelas, no levantan empresas ni dejan obras que perduren. Sin embargo, siempre estáncerca de quien firma un decreto o decide un nombramiento. Los presidentes pasan, los ministroscambian y ellos continúan recorriendo los mismos pasillos con la tranquilidad de quien conoce cadapuerta y cada despacho.


Mientras leía Por qué fracasan las naciones, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, eraimposible no pensar en esos personajes. El libro propone una idea tan sencilla como profunda:los países no prosperan por casualidad ni fracasan por falta de recursos. Su destino depende,en gran medida, de las reglas con las que organizan la vida política, económica y social.


Los autores distinguen dos modelos. El primero crea oportunidades, protege el trabajo, garantizala igualdad ante la ley y permite que cualquier persona pueda progresar gracias a su esfuerzo.El segundo concentra las decisiones en manos de unos pocos, transforma el Estado en unafuente de beneficios particulares y desalienta la iniciativa de quienes producen.


A esas estructuras las denominan instituciones extractivas. El problema no es únicamente la corrupción.Es una forma de ejercer el poder donde el interés general queda subordinado a los beneficios de unaminoría. Con el tiempo, ese mecanismo deja de ser una excepción y termina convirtiéndose en unacostumbre.


Entonces aparecen los habitantes del pasillo. Son expertos en influencias, recomendaciones yfavores. No necesitan crear riqueza porque aprendieron a vivir de la riqueza que generan otros.Su capital no es el conocimiento ni la innovación; es la cercanía con quienes toman decisiones.


La Argentina conoce demasiado bien esa lógica. A lo largo de su historia surgieron funcionariosque hicieron del cargo una profesión permanente, dirigentes que confundieron representacióncon propiedad y empresarios que crecieron al amparo de privilegios antes que de la competencia.Los nombres cambian, pero el mecanismo permanece.


Mientras tanto, millones de argentinos sostienen el país con su esfuerzo cotidiano.El productor enfrenta las incertidumbres del clima y del mercado. El comerciante abre su negocioantes del amanecer. El profesional dedica años a formarse. El emprendedor arriesga sus ahorrosdetrás de una idea. Todos ellos crean valor antes de recibir una recompensa.


Esa diferencia explica buena parte de nuestros fracasos. Cuando el éxito depende del mérito, lasociedad avanza. Cuando depende de la influencia, la confianza desaparece y la inversión se retrae.Poco a poco, el talento deja de ser el camino para progresar y comienza a ser reemplazado por labúsqueda de contactos.


Acemoglu y Robinson invitan a mirar más allá de los nombres propios. Las personas pasan;las reglas permanecen. Allí reside la verdadera discusión. Una sociedad puede reemplazara un gobernante, pero si conserva los mismos incentivos terminará obteniendo resultados similares.


Mucho antes de que esa teoría fuera formulada, Manuel Belgrano había llegado a una conclusiónparecida. Desde el Consulado defendió la educación, el comercio, la agricultura y la industriaporque comprendía que una nación se fortalece cuando amplía las oportunidades de sus ciudadanos.Nunca concibió la función pública como un camino hacia el enriquecimiento personal.


Su conducta fue coherente con sus ideas. Después de las victorias de Tucumán y Salta recibióuna importante recompensa económica y decidió destinarla a la construcción de escuelas.Mientras otros buscaban honores o cargos, Belgrano pensaba en formar generaciones capacesde producir más y vivir mejor.


Allí aparece el verdadero contraste. De un lado están quienes utilizan el Estado para conservarposiciones de privilegio. Del otro, quienes entienden que la autoridad solo tiene sentidocuando sirve para crear condiciones de progreso. Belgrano pertenece a esta última tradición.Su legado no fue solamente una bandera; fue una manera de comprender la responsabilidad pública.


Por qué fracasan las naciones ofrece una explicación moderna para un problema que la Argentinaconoce desde hace mucho tiempo. Los países no se empobrecen porque carezcan de recursos,sino porque permiten que grupos reducidos capturen las decisiones y orienten el Estado hacia suspropios intereses.


Belgrano imaginó exactamente lo contrario. Soñó con una República donde el trabajo valieramás que el favor, donde la educación abriera caminos y donde el mérito ocupara el lugar del privilegio.Dos siglos después, esa sigue siendo una de las discusiones más importantes para el futuro de laArgentina.