lunes, 28 de febrero de 2022

Esclavos libres y leyes revolucionarias: así ocultó EEUU las gestas del Imperio español en América.

Carrie Gibson publica 'El Norte. La epopeya olvidada de la Norteamérica hispana', un recorrido por las grandes aportaciones peninsulares desde el siglo XV a la actualidad

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La doctora en historia Carrie Gibson recibe a ABC alegre y con un café entre las manos. Si el encuentro hubiera durado una mañana entera, la norteamericana se habría pasado cada minuto de ella sonriendo. Esa es una de las muchas características que llaman la atención de la colaboradora del diario 'The Guardian' y la cadena 'BBC'. Su español no es perfecto, comenta, pero un recurso tan popular como el 'Google translate' le permite mantener casi sin interrupciones una conversación compleja en un idioma que, por desgracia, es ajeno para muchos de sus compatriotas. Según afirma con cierto desconsuelo, ella fue una de las pocas niñas de su clase que se interesó en las raíces españolas que forjaron Estados Unidos.

«Solo nos enseñaron vuestro arte. Para nosotros erais un país barroco, pero nada más», desvela.

Por eso acaba de publicar 'El Norte' (Edaf, 2022); porque, como bien explica a este diario, ya era hora de poner sobre la mesa el pasado hispano que, cual columna, sustentó Estados Unidos. Y es que, aunque es cierto que se ha escrito mucho sobre el tema, también lo es que esa ingente cantidad de material estaba disgregado en una infinidad de manuales; a trozos, cual puzle al que había que dar forma. Aunque, según insiste, lo suyo no es solo recopilar datos, sino analizar las repercusiones que cada uno de esos eventos ha tenido en la identidad del norteamericano y en la evolución del país. De paso, Gibson se zambulle en debates como el verdadero origen del estadounidense o la extraña tendencia que ensalza el papel de Gran Bretaña en la formación del país.

Una hora y pico de entrevista da para mucho. Gibson se muestra transparente. No tiene problemas en mostrar la cara y la cruz del Imperio español. Huye de la Leyenda Rosa porque, le pese a quien le pese, cree que ningún imperio ha sido perfecto. «Sé que me va a traer problemas en España, pero me limito a explicar lo que he encontrado en mis investigaciones», confirma.

¿Qué es ser estadounidense?

Es una pregunta muy difícil que forma parte de otra cuestión más amplia: ¿qué es ser americano? Se ha vendido la idea de que consiste es ser blanco, protestante... Pero no es así. Los inmigrantes que hoy en día forman Estados Unidos hablan idiomas diversos y no son caucásicos. Hay un golfo conceptual entre la idea de ser estadounidense y la realidad. Para nacionalizarse, mi abuela dejó de hablar italiano; por eso en mi familia se ha perdido. Eso es una pena. El país está formado por un crisol de culturas y nacionalidades.

Sorprende que se haya generalizado esa idea, cuando EEUU cuenta con raíces españolas.

Es complicado. La Leyenda Negra se extendió durante el siglo XIX, pero no llegó a calar en la sociedad de Estados Unidos porque, por entonces, no había muchos emigrantes españoles en el país. La mayoría eran mexicanos o italianos. Pero los expertos que escribieron la historia en esa época sí estaban influidos por la idea. Llama la atención que, a la par que hablaban de las barbaridades de los conquistadores, extendieran también la heroicidad de personajes como Ponce de León o Coronado. Al final, sus escritos han calado.

¿Cómo estudiaste España en el colegio?

Es curioso. No aprendimos nada de la cultura y el pasado. Solo nos enseñaron vuestro arte. Para mi, el país era sinónimo de una región barroca. En los noventa, la llegada de mexicanos hizo que nos abriéramos más a su civilización. Eso hizo que estudiáramos pinceladas de ambas zonas. Todavía lamento que no nos enseñaran las raíces españolas que existen en nuestro país.

¿Qué imagen se tiene de los españoles en Estados Unidos?

Ha evolucionado. En el Oeste la gente siempre ha sabido la historia de los españoles y recuerdan a personajes como Fray Junípero Serra. El padre Kino, que ahora tiene una estatua en el Capitolio, era un símbolo de las raíces europeas y de la civilización occidental. Ahora, por el contrario, es visto como una efigie del colonialismo. Otro ejemplo: cuando Nuevo México tuvo que luchar por convertirse en un Estado porque en Washington no consideraban a su población capaz de gobernarse, desarrollaron el discurso de que tenían raíces hispanas y contaban con una rica cultura. Eso es muy diferente a lo que decía la Leyenda Negra. Pero en los sesenta, los indígenas extendieron la idea de que los españoles eran unos asesinos que se habían aprovechado de la población.

¿Sigue todavía vigente la idea de que fueron los ingleses los que pusieron los pilares de la cultura estadounidense?

A finales del siglo XIX los historiadores locales afirmaban que las raíces norteamericanas se hallaban en Inglaterra. A partir de los años treinta el paradigma cambió gracias a algunos expertos que iniciaron una corriente que ha logrado poner en cuestión este arquetipo y busca sacar a la luz la verdad. Pero, al mismo tiempo, en la mitología fundacional sigue vigente la idea de los británicos como pilar básico. Es una lástima que no se sepa que en el Oeste hubo españoles antes de que nacieran los Estados Unidos. Mi esperanza con 'El Norte' es que el lector se de cuenta de que no solo los ingleses, los protestantes y los blancos se hallan en las raíces del colonialismo, sino que hubo también otras tantas culturas como la hispana.

La autora, durante la entrevista
La autora, durante la entrevista - EDAF

¿Qué diferencias hubo entre el imperio español y el británico?

La diferencia fue la cantidad de gente. Los españoles no quisieron emigrar a zonas como el norte de Nueva España y parte de la Florida porque había mucha resistencia nativa y era difícil sobrevivir. Apostaron por el sur: Río de la Plata, Perú, Nueva España... A cambio, los ingleses llegaron en masa y fundaron colonias en el norte de los Estados Unidos. En común tuvieron la falta de personas para colonizar. La Iglesia fue importante en el caso español. En Florida solo existía San Agustín como fortaleza, pero muchas misiones. Esta época de imperialismo de Inglaterra, España, Holanda y Francia formó el mundo moderno. Empezó con Colón y dura hasta ahora. Hoy estamos en el momento de reflexionar, saber qué pasó... Las consecuencias viven en el mapa de los Estados Unidos.

Nuevos estudios afirman que el oro que salió de las Américas fue ínfimo...

No podemos caer tampoco en la Leyenda Rosa. El uso de esclavos en las minas es más importante que la cantidad de oro que se fue o se quedó. Y lo mismo pasa con el nacimiento de la encomienda. En España muchos defienden el imperialismo. Estoy de acuerdo en que fue parte de la historia. Yo no opino. Busco saber cuáles fueron las repercusiones, cómo pudo existir aquello, cómo se entiende el mundo a partir de ello... Sé que causaré controversia, pero es mi finalidad.

Entonces... ¿qué ha sido España para los EEUU?

La realidad es que los EEUU no piensan en España en términos culturales. El público no tiene claro en su mente la diferencia entre un mexicano y un español. Yo quiero que, cuando la gente lea este libro, entienda la conexión entre ambos países. Que la hay. No es una cosa abstracta; es un resultado, 40.000.000 personas que hablan español. Es una pena que no haya quedado nada más allá de la película de Bardem. Los británicos tienen un espacio más pronunciado en la sociedad. Se les ve como el origen; los amigos que combatieron junto a ellos en la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué cosas crees que deberían recordarse de España en EEUU?

Para empezar, el tema de los conquistadores. Si yo le pregunto a alguien qué sabe de Ponce de León, me responderá algo relacionado con la fuente de la eterna juventud. Me gustaría que se supieran más cosas. Lo mismo pasa con la Guerra de la Independencia de los EEUU, en la que se obvia siempre a Bernardo de Gálvez. El problema es que hubo una época de gran antihispanismo en la prensa por motivos políticos, y eso ha provocado que se eclipse la cultura y la memoria hispana.

¿Qué influencia ha tenido esta prensa en el antihispanismo?

Ha influido en la creación de 'fake news'. La guerra entre medios provocó un aumento de noticias contra España en una época en la que las relaciones entre ambos países no era buena.

La historiadora, experta en la América hispánica
La historiadora, experta en la América hispánica - EDAF

El fuerte Mosé es quizá uno de los episodios que se podrían recordar...

Fort Mosé' fue un territorio español de esclavos libres en Florida. Este tipo de comunidades eran mucho más numerosas en territorios de la Corona. Es una historia muy interesante incluso a la hora de analizar las leyes españolas en el Nuevo Mundo. En algunos de sus territorios, los esclavos podían utilizar el sistema legal para acusar a sus dueños de excederse o haberles tratado mal. Esta historia era muy desconocida en Estados Unidos, y yo intento sacarla a la luz.

¿Protegía el sistema legal español a los esclavos?

Entre comillas. La base de las normas eran las Siete Partidas, nacidas en el siglo XIII en Castilla. Esta normativa, a su vez, provenía del Imperio romano.

Hablas también de una curiosa expedición española a Nutca...

Sí. Otro ejemplo de hasta dónde llegó el Imperio español. Ocurrió durante un momento de tensión entre España e Inglaterra. Sorprende que pisaran un terreno tan alejado de sus colonias originales. Daría para otro libro.

¿Una reflexión final?

Este libro tiene un mensaje concreto. La sociedad de Estados Unidos debe entender que su país es parte de América Latina. Y también que se ha formado gracias a su relación con España. Lo mismo sucede a la inversa: Estados Unidos no es una idea abstracta ubicada al otro lado del Atlántico, es algo real, parte del pasado del Imperio. Hay una historia más amplia que podemos recuperar.

Un paseo en lancha por la Ría de Ferrol con María Fidalgo Casares.

 Un paseo en lancha por la Ría de Ferrol con María Fidalgo Casares.


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Arsenal de Ferrol, Puerta del Dique y Puerto deportivo de Curuxeiras.

El falso mito de Salambona como deidad adorada en La Isla antigua centró el discurso de ingreso de Dª Sandra Inés Ramos Maldonado

 El falso mito de Salambona como deidad adorada en La Isla antigua centró el discurso de ingreso de Dª Sandra Inés Ramos Maldonado
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Publicado  : 27 de febrero de 2022 a las 12:58 pm
Autor      : Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes
Categorías: Ingreso de académicos/as

¿Qué hay de realidad en aquel personaje mitológico denominado 'Salambona', un ídolo protagonista del culto que los indígenas de La Isla de Cádiz, antes de la llegada de los fenicios, profesaban relacionándolo con la profusión de sal que desde siempre imperaba en esta tierra?

De las leyendas en torno a ello trató la doctora en Filología Clásica Dª Sandra Inés Ramos Maldonado en el discurso de ingreso en la Academia de San Romualdo que pronunció el martes 22 de febrero de 2022 en el acto celebrado en el auditorio del Centro de Congresos 'Cortes de la Real Isla de León' y que acogió la sesión de junta pública y solemne de la institución académica por la cual la doctora Ramos Maldonado ingresó como académica de número en la rama de Letras.

'Diosas, santas y vírgenes de la sal. El mito de Salambona como diosa indígena de La Isla' fue el título de su discurso de ingreso, en el que Ramos Maldonado trató de dilucidar el rigor histórico de este antiquísimo e insólito culto a Salambona en el litoral gaditano. Para ello comenzó remontándose a los orígenes de las divinidades asociadas a la sal y el mar que fueron veneradas por las antiguas civilizaciones del Mediterráneo. Hizo esta indagación desde la Filología y más específicamente desde la Filología Latina, el Humanismo y la Tradición Clásica, pues buena parte de los testimonios escudriñados, con los que despejó la incógnita del mito, están redactados en latín y en una amplia horquilla de siglos que va desde la Antigüedad hasta la Edad Moderna, de los pasionarios medievales a la época de las falsificaciones religiosas y las controversias marianas.Con sus palabras quiso también poner de manifiesto la importancia de la Filología Clásica para el conocimiento y la correcta interpretación de toda nuestra historia, y desterrar la idea de que la lengua latina pertenece solo a un pasado remoto.

A lo largo de su disertación citó a personajes históricos relacionados con la divulgación y fabulación de este mito y la importancia que para ello tuvieron nombres como el historiador español Juan Tamayo y Salazar, que editó en Lyon (1651-1659, 6 vols.) el primer Martyrologium Hispanum, una aportación llena de invenciones sobre los pasionarios hispanos, "y que se convirtió en una espléndida galería, donde cada cual iba a recoger sus propios santos", o "no pocas obras de finales del s. XVII y primera mitad del s. XVIII, como el Enigma numérico predicable de fray Juan de Mora (1678) o el Diarium sacroprophanumde fray Pedro Polo (1725)", para llegar a la conclusión de que "quizá en La Isla fue adorada alguna diosa nativa de la fertilidad y la sal antes de la llegada de los fenicios, como aquella Diosa de la Sal azteca, y quizá los recién llegados la identificaron con su propia Astarté, pero no fue Salambona ni Salambove. No fue Salambo".

Para conocer todos los detalles de su exposición, puede visionarse a continuación el vídeo completo del acto con su conferencia y la ceremonia de toma de posesión, así como una posterior galería fotográfica. La recipiendaria fue contestada tras su discurso por Dª María Elena Martínez Rodríguez de Lema, doctora en Filología Clásica y vocal de Letras de la Junta de Gobierno de la Academia de San Romualdo.

http://img.youtube.com/vi/1rXonXwCs2s/0.jpg  ( https://youtu.be/1rXonXwCs2s )

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Fotos del Arsenal de La Carraca: Motora e Iglesia del Rosario.


DISCURSO 'DIOSAS, SANTAS Y VÍRGENES DE LA SAL. EL MITO DE SALAMBONA.


Junta pública y solemne en la que toma posesión como académica de número en la rama de Letras la Ilma. Sra. Dña. Sandra Inés Ramos Maldonado, Dra. en Filología Clásica. #cultura#academia #sanromualdo #letras #historia

Los Científicos y la Religión. Por José Antonio Marín Ayala.


 

Pensares y Sentires

Un apreciado lector de La Paseata nos pide un ensayo, un libro, y a tanto de momento no hemos llegado, pero por supuesto se hará. De hecho ya hay uno en camino titulado Pensares y Sentires, escrito por nuestro Asesor Editorial Nacho Rodríguez Márquez que estará disponible en el catálogo de Amazon a comienzos de la primavera: La Paseata no se detendrá. Bueno, como os iba diciendo, un tema del que tratar y ni corto ni perezoso José Antonio Marín Ayala, aquí nos lo va a mostrar.

Ciencia y religión, se pueden dar de la mano; de hecho, en momentos históricos, así sucedió. No quita que a más de uno quisieran quemar en la hoguera, veamos hasta donde pone esa mano Dios.

Creencia, ciencia, exactitud, afirmaciones, resultados y te pregunto: Llega uno, te desajusta el pensamiento con una creencia a través de la ciencia ¿La fe mueve montañas? o ¿Las montañas pueden ser movidas por un fenómeno natural?

Científicos y religión

Galileo Galilei defiende su teoría ante un tribual eclesiástico

“Hay en la Historia numerosos científicos que compaginaron su labor mística con la investigación científica”

Hay una larga lista de científicos de renombre que fueron a la vez piadosos, lo que no fue inconveniente alguno para que muchos mantuvieron la fe tanto para ejercer su noble ministerio como para avanzar en la ciencia. La fe no es, como pudiera pensarse a bote pronto, patrimonio exclusivo de la religión. Hay en la Historia numerosos científicos que compaginaron su labor mística con la investigación científica. Hasta incluso se podría decir que muchos de ellos sacudieron los cimientos de las creencias científicas de la época gracias a su devota espiritualidad.

En el siglo XIII floreció un sacerdote, posteriormente nombrado obispo y siglos después beatificado cuyos iguales le apodaron en vida «Doctor Universalis» o «Doctor Experto», pues a su condición eclesiástica se le añadían sus dotes y su pasión por el saber. Era también conde de Bollstadt, por lo que familiarmente fue conocido como Alberto «El Teutón» por mor a su condición germánica. Debió ser un hombre tan excelso que ha llegado hasta nuestros días como Alberto Magno. «¿Existen muchos mundos o existe solo un único mundo?», se preguntaba nuestro prelado. «Esta es una de las más nobles y elevadas cuestiones planteadas en el estudio de la naturaleza», concluía. No cabe duda de que su condición de obispo le permitió hacerse preguntas de este cariz sin que tuviera problema alguno con la curia de aquellos lejanos tiempos, aunque bien es cierto que fue muy venerado por los suyos, tanto en el aspecto espiritual como en el científico. No en vano, hoy es el patrón de las ciencias naturales, químicas y exactas.

Aun partiendo de la errónea y torticera suposición, siempre bajo el prisma protestante, de que los españoles somos unos ignorantes por suponer ellos que todos somos creyentes católicos, lo cierto y verdad es que a poco que escarbemos en la Historia de la Ciencia este aserto carece de fundamento. En este sentido habría que destacar los trabajos de Alonso de Santa Cruz, que en 1526 le permitieron describir la variación magnética de la Tierra, tan importante para la navegación marina en aquellos tiempos como en los actuales.

Pero no todas las aportaciones de los ilustres creyentes que ha habido a lo largo de la Historia fueron admitidas de buen grado por la Iglesia. Algunos provocaron tal cisma en las ideas preconcebidas que fueron perseguidos inmisericordemente. El primer exponente de esta revolución intelectual fue un clérigo polaco que se apasionó por comprender cómo funcionaba el universo. En contra de la idea adoptada por la Iglesia de que la Tierra es el centro del mundo, Nicolás Copérnico postuló que era el sol quien ocupaba ese trono y que nuestro maravilloso planeta azul y los restantes planetas giraban alrededor de él. Cuando sus detractores le atacaban por sus ideas, muchos de ellos hermanos de confesión, no era precisamente lo que se dice una persona comedida en sus palabras: «Si por casualidad hay charlatanes que, aun siendo ignorantes de todas las matemáticas, presumiendo de un juicio sobre ellas por algún pasaje de las escrituras, malignamente distorsionado de su sentido, se atrevieran a rechazar y atacar esta estructuración mía, no hago en absoluto caso de ellos, hasta el punto de que condenaré su juicio como temerario». Tuvo a bien la Parca llevárselo de este mundo de muerte natural un 24 de mayo de 1543, el mismo día que vio la luz su revolucionario libro donde exponía sus heréticas ideas, «De revolutionibus orbium coelestium» (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), lo que impidió que las autoridades eclesiásticas le abrieran un auto de fe de cuyo resultado no le hubiera librado sentir bajo sus pies el calorcillo de la hoguera.

Domingo de Soto, dominico español que fue confesor del emperador Carlos V, hizo aportaciones fundamentales a la Filosofía Natural (lo que hoy conocemos por Física). Sus trabajos sobre mecánica los expuso en su libro «Quaestiones», publicado en 1551, donde ya por entonces decía cosas que hoy se enseñan en las escuelas: «La caída de los elementos pesados obedecía a un patrón de movimiento uniformemente acelerado en el tiempo»; esto es, que la velocidad de caída de un objeto aumenta conforme transcurre el tiempo. Estos estudios sirvieron para que, nada menos que 65 años después, Galileo Galilei demostrara experimentalmente la veracidad de la teoría gravitatoria.

El español Miguel de Servet destacó en campos de la ciencia como la astronomía, meteorología, geografía, jurisprudencia, física, matemáticas, anatomía o medicina; además postuló la teoría sobre la circulación pulmonar, descrita en su obra de clara tendencia religiosa «Christianismi Restitutio». Era de vocación religiosa contraria al catolicismo, lo que no le impidió que fuera perseguido también por aquellos especímenes norteños. Servet fue apresado en Ginebra y quemado vivo en la hoguera en 1553 por orden de Calvino, el reformista luterano suizo; y no porque fuera un científico, ni tan siquiera por su condición de español, sino por incomodarle sus ideas religiosas, aun cuando era también protestante como él.

A pesar de que el libro donde se plasmaba la teoría heliocéntrica fue condenado al ostracismo por la curia, otro cura, en este caso de origen italiano, que supo de su contenido llevó la teoría copernicana hasta límites insospechados. Giordano Bruno, que así se hacía llamar el susodicho, decía, para horror de sus compañeros de celda, que las estrellas eran soles como el nuestro, y que cada uno de ellos debía tener un cortejo planetario a su alrededor. Y no solo eso, sino que estarían habitados como lo está nuestro planeta. Estas heréticas afirmaciones encontraron la oposición de católicos y protestantes por igual, por lo que fue duramente perseguido por ambos bandos sin tregua. Finalmente fue detenido en Venecia y juzgado en Roma. A los que instruyeron su auto de fe no solía temblarles la mano para mandar al brazo secular a un hereje, pero sabían de la fama que tenía Bruno en el mundo académico; y aunque para cualquier otro individuo no habría habido duda alguna en mandarlo a la hoguera, con este no les interesaba hacer de él un mártir de la ciencia. Pero Bruno era un tipo insolente y retador. Les dijo a sus acusadores que parecía que tuvieran más miedo ellos a quemarlo vivo que él, que estaba deseoso de ascender a los cielos con la ayuda de las purificadoras llamas. El caso es que, tras varios años encarcelado, un 17 de febrero de 1600 le dieron pasaporte asándolo vivo en la parrilla.

Otro clérigo, este alemán, que determinó el tipo de movimiento que recorren los astros alrededor del sol fue Johannes Kepler. Creía firmemente en la teoría heliocéntrica porque pensaba que la simplicidad del ordenamiento planetario tenía que haber sido el plan que había diseñado Dios. Se valió de lo que él creía era la armonía de las esferas, una antigua teoría de origen pitagórico basada en la idea de que el universo está gobernado según proporciones numéricas armoniosas. En 1594, mucho antes de que naciera el más grande científico de todos los tiempos, postuló que el sol ejerce una fuerza sobre los planetas que es inversamente proporcional a la distancia. En base a este razonamiento recogió en su obra «Mysterium Cosmographicum», publicada en 1596, que la trayectoria de los planetas en su recorrido alrededor del Sol era elipsioidal en vez de circular, contradiciendo así el concepto que existía de que la perfección de los cielos la representaba la circunferencia.

El italiano Galileo Galilei, astrónomo, ingeniero, filósofo, matemático y físico, aun a pesar de que era un guasón de mucho cuidado y que carecía de pelos en la lengua (suya es la frase: «Digamos que existen dos tipos de mentes poéticas: una apta para inventar fábulas y otra dispuesta a creerlas»), mantenía unas relaciones muy amistosas con el Papa Urbano VIII (de hecho era su benefactor). Si no piadoso sí que era un hombre de fe. Decía que «la matemática es el lenguaje con el que Dios ha escrito el universo» y que «Dios es conocido por la naturaleza en sus obras, y por la doctrina en su palabra revelada». No obstante, era otro que meneaba la sartén, y a punto estuvo de seguir el mismo camino de Bruno de no haberse retractado durante el juicio que le abrieron un 12 de abril de 1633 por defender la teoría heliocéntrica de Copérnico y por afirmar que la Tierra giraba. Al final le condenaron a un cómodo arresto domiciliario hasta que le sobrevino nueve años más tarde su muerte. Solo en tiempos recientes, 359 años después de aquello, el Papa Juan Pablo II reconoció el atropello y pidió disculpas por lo que se hizo con Galileo indultándolo (de los otros herejes no consta que haya habido arrepentimiento alguno por parte de la curia).

Justo cuando se dirigía al Más Allá Galileo, el físico francés Blaise Pascal había ya desarrollado plenamente su enorme producción científica en física y matemáticas, contando por entonces con 23 años de existencia. A él le debemos inventos como la calculadora y la prensa hidráulica, e importantes aportaciones matemáticas, como la teoría de las probabilidades. La madrugada del 23 de noviembre de 1654, a la edad de 31 años, sufrió una suerte de revelación divina, de la que no han trascendido las causas, y a partir de aquí y hasta su temprana muerte, a los 39 años, se recluyó en el más absoluto misticismo religioso, estado que plasmó en su libro «Pensamientos».

Teoría gravitatoria

“¿Existen muchos mundos o existe sólo un único mundo? Esta es una de las más nobles y elevadas cuestiones planteadas en el estudio de la naturaleza”

El siguiente que meneó el árbol de la sabiduría e hizo caer de él jugosos frutos fue Isaac Newton, el mayor científico de todos los tiempos. Newton nacía un año después de que falleciera Galileo, en 1643. Aristóteles decía que todo aquello que se mueve es movido a su vez por una causa, y así sucesivamente. Por tanto, pensaba que había de existir algún tipo de motor en el inicio, algo que no fuera movido por nadie y que fuera lo que desencadenase el proceso. Este primer «motor inmóvil» es lo que él relacionaba con algún tipo de ser divino, responsable además de la unidad del mundo y del orden y las reglas que lo rigen.

Aunque Newton era un ferviente religioso, no le resultó impedimento alguno borrar de un plumazo esta teoría aristotélica, moldeada por la Iglesia que proclamaba que los astros los movían los ángeles, mediante la Ley de la Gravitación Universal. Newton permaneció a buen recaudo en la protestante Inglaterra, lejos de las garras de la Santa Inquisición. También elaboró la ley de acción y reacción y el cálculo diferencial. Sin embargo, cuando fue preguntado por su mayor logro intelectual Newton dijo que de lo que se sentía más orgulloso era del estudio que había hecho… sobre los evangelios. Antonio Hugo de Omerique, prestigioso matemático español nacido en Sanlúcar de Barrameda, en 1634, recibió los elogios de Isaac Newton cuando leyó su «Analysis geométrico o Método de resolución de problemas nuevos y verdaderos, así como de cuestiones aritméticas».

A partir de este momento, y así ha pasado a los anales de la Historia, hay que suponer que cualquier avance en la ciencia se debió a la sola influencia de los ilustrados franceses (porque así lo decidieron ellos, claro, y cualquiera que destacara no lo sería por influjo de la religión porque había sido despachada del progreso y le había sido concedido todo el honor a la Razón). Pero está claro que este condicionante debía ser sólo de aplicación para los españoles, el mundo hispano en general, y por contagio, el católico, estando negado para cualquier manifestación cultural o científica. Sin embargo, en el ámbito protestante la religión seguía formando parte de muchos hombres de razón.

Por poner solo un ejemplo español más, baste decir que el sacerdote, matemático, médico y docente de la Universidad del Rosario, en Santa Fe, José Celestino Mutis y Bosio se centró en 1780 en el estudio de la quina, una sustancia destilada de la corteza de un árbol del Amazonas, de la que descubrió sus propiedades para reducir la fiebre corporal y combatir el paludismo. Se dijo de la quina en su tiempo que fue para la medicina lo que la pólvora para la guerra.

Pero dejemos a los numerosos españoles que brillaron en el arte y en las ciencias en esta época, hasta en la actualidad, y centrémonos solo en aquellos ilustrados y sus descendientes que desarrollaron su labor científica, aun cuando tenían una clara vocación religiosa.

Un genio que basaba su inspiración científica en las Sagradas Escrituras era el autodidacto Michael Faraday. De hecho, era miembro de la rígida congregación evangélica de los sandemanianos. Suya es la cita: «El libro de la Naturaleza está escrito por el dedo de Dios». El concepto de campo magnético, tan fructífero en la ciencia para explicar muchos fenómenos, fue introducido por él. Se cuenta que una tarde primaveral de 1831 remaba en bote en un lago suizo cuando de pronto se quedó ensimismado contemplando cómo el arcoíris aparecía y desaparecía bajo una cascada de agua. El arcoíris reaparecía en el mismo sitio tan pronto el agua dejaba de ser arrastrada por el viento. Este hecho le hizo pensar que tal vez el espacio no estuviera del todo vacío y que un imán proyectara también, al igual que el arcoíris, campos de fuerza. Otra anécdota que se cuenta de él, que muestra cuan de fuerte era su devoción religiosa, es la que protagonizó con la mismísima reina de Inglaterra, la cual expresó el deseo de que tan insigne sabio almorzara con ella un domingo por la mañana. Se debatió lo indecible entre ir o declinar la invitación, pues no quería faltar a la reunión dominical con sus compañeros de congregación. Tras muchas vacilaciones, al fin se decantó por asistir el acto real (a fin de cuentas, pensaría que tenía muchos domingos por delante para ir a misa, pero no siempre podía uno gozar de la compañía de una reina); sin embargo, sus compañeros no se lo perdonaron y lo excomulgaron. Tuvo que emplearse a fondo para hacer votos favorables que le permitirían con el tiempo dejarle entrar de nuevo al redil de su orden religiosa.

El italiano Alessandro Volta, inventor de la pila eléctrica en 1800, fue un hombre de ciencia, práctico, autodidacta y cristiano fervoroso toda su vida, de los de misa y rosario a diario, enemigo también de las corrientes que intentaban mezclar magia y ciencia; fue inmune a las presiones anticlericales y anticatólicas del Enciclopedismo y de la Revolución francesa, siendo condecorado por el emperador Napoleón.

Otro que tenía grabadas a fuego sus obligaciones monásticas era el químico, matemático y meteorólogo británico John Dalton, un cuáquero que no se plegó jamás a recepción oficial alguna ni a admitir distinciones porque se lo impedía su congregación. Si los anteriores científicos fijaron sus investigaciones en el amplio cosmos, sus trabajos le condujeron al mundo de lo pequeño enunciando la Teoría Atómica, en 1803. Dalton fue el primero en estudiar una anomalía en la retina que él mismo padecía y que no le permitía distinguir ciertos colores. A su muerte cedió sus ojos a la ciencia, y en su honor a esta deficiencia en la visión se le llama daltonismo.

Un alumno de Dalton fue el inglés James Prescott Joule. En 1840 Joule publicó el trabajo «Producción de calor por la electricidad voltaica», quedando establecida la relación entre calor y trabajo. En contra de lo que opinaría cualquier intelectual ilustrado ateo al uso, el cual le daría la preponderancia a la Madre Naturaleza, Joule decía que «Dios conserva el universo». Era, pues, un ferviente devoto. Suya es también la cita: «Es evidente que el conocimiento de las leyes naturales significa nada menos que el conocimiento de la mente de Dios expresado en el mismo».

«¡Cuán grande es Dios, y nuestra ciencia una nonada!», cita más propia de un clérigo jesuita que del ilustrado, y piadoso, físico francés André-Marie Ampere, el cual inventó el primer telégrafo eléctrico y, junto a François Arago, el electroimán. Formuló en 1827 la teoría del electromagnetismo.

El checo Gregor Johann Mendel, un monje agustino católico y naturalista, por medio de entrecruzamientos con diferentes variedades del guisante que llevó a cabo en 1856, formuló las hoy llamadas «Leyes de Mendel» que sirvieron para explicar la herencia genética.

Albert Einstein fue el físico que, en 1905, derribó la mecánica newtoniana y abrió el campo a una teoría más fructífera, la Relatividad. A pesar de tener orígenes judíos, su concepción religiosa le empujaba a creer en un Dios que, a la postre, solo consideraba ser el autor material del Universo. Sin él pretenderlo fue uno de los que sentó las bases de la Mecánica Cuántica; de hecho, el premio Nobel se lo dieron por un trabajo relacionado con esta rama de la ciencia. Einstein no pudo soportarlo y nunca admitió las paradojas y la indeterminación que encierra esta parcela de la física, por lo que durante un agrio debate con Niels Bohr, que era un firme defensor de esta teoría, le dijo aquello de que «Dios no juega a los dados», a lo que Niels le contestó que dejara de una vez en paz a Dios y se centrara en la ciencia.

Werner Karl Heisenberg, el eminente físico que formuló en 1927 el Principio de Incertidumbre, y padre de la bomba atómica alemana, refiriéndose a la enorme dificultad que entraña prever el comportamiento de los fluidos turbulentos, dijo al respecto: «Cuando me encuentre a solas con Dios, le haré dos preguntas: Señor, ¿por qué la relatividad?; y ¿por qué la turbulencia? Estoy seguro de que me sabrá dar una respuesta convincente a la primera de estas dos cuestiones». Suya es también esta reveladora cita: «El científico se ha convertido, a ojos del pueblo, en el mago a quien obedecen las fuerzas de la Naturaleza. Pero este poder solo puede llevar a algo bueno si a la vez es un sacerdote y si actúa solamente como ordena la divinidad o el destino».

Henry-Louis Mencken, periodista y escritor estadounidense, decía que «la fe puede ser sucintamente definida como una creencia ilógica en que lo improbable sucederá». Y si hemos de mencionar un caso paradigmático en la ciencia que justifica la cita anterior, ese no es otro que el asunto de la fusión fría, una supuesta reacción nuclear producida a temperaturas y presiones en condiciones ordinarias, muy inferiores a las realmente necesarias, que anunciaron, en 1989, haber conseguido los químicos Stanley Pons y Martin Fleischmann, y que venía a suponer que el ser humano podía recrear en un matraz de cristal lo que el sol hace en su interior. Al final resultó ser un fraude, pero hay que ver lo lejos que se puede llegar solo con la fe para intentar lograr ciertos hitos científicos del todo… imposibles.

Pero si acaso piensa usted que la ciencia nos ha librado de las creencias y de la fe se equivoca. Es más, la propia ciencia, sobre todo la Física Cuántica, ha sumergido al ser humano en hechos totalmente incomprensibles y que escapan a toda razón. Si extrapoláramos lo que ocurre en el mundo subatómico a lo cotidiano, ¿se imagina usted que uno lance una pelota hacia uno de dos agujeros practicados, uno junto al otro, en una pared y que pase la bolita a través de los dos simultáneamente? Pues vaya teniendo fe en lo que dice la ciencia porque es esto lo que realmente ocurre.