viernes, 13 de febrero de 2026

Marie Joséphe Rose viuda del Vizconde Alexandre de Beauharnais. Josefina Bonaparte. Emperatriz.

 


Soy Josefina Bonaparte: he amado y ahora odio a Napolelón

“Fue coronada por mi mano; quiero que conserve el rango y el título de Emperatriz, pero por encima de todo no quiero que dude jamás de mis sentimientos y que siempre me considere su mejor y más querido amigo”. Una humillantemente eufemística sentencia de Napoleón Bonaparte certifica mi fracaso como esposa y emperatriz.

Entre llantos, el emperador de los franceses me ha comunicado su decisión de divorciarse de mí, su esposa durante los últimos trece años, buscando el heredero para su imperio que yo no he podido darle en la archiduquesa María Luísa, la joven princesa hija del emperador Francisco I de Austria. 

Sigue leyendo aquí.

Hoy, 30 de noviembre de 1809, comienza la tercera vida de Josefina Bonaparte. Divorciada de Napoleón –un hombre a quien he amado con pasión, pero también he odiado con delirio– debo procurarme un nuevo futuro para mí y abrir las puertas de los salones de mi palacio a todo aquel que pueda hacerme algún favor en París, la capital de un imperio en guerra con media Europa.  

Qué lejos queda ya la primera de mis vidas, la de una caprichosa y pizpireta joven criolla de La Martinica, al otro lado del Atlántico. Criada sin preocupaciones entre esclavos y plantaciones con el nombre de Marie Josèphe Rose. Este era el nombre que me pusieron al nacer y con el que me casé con el vizconde Alexandre de Beauharnais a los dieciséis años.  

No fue ese un matrimonio feliz, pero me dio a mis dos amados hijos, Eugenio y Hortensia. No fui yo quien puso fin a esa unión. Mi marido y yo fuimos detenidos por conspirar contra la Revolución en los convulsos días del Terror y la guillotina me dejó viuda el 23 de julio de 1794. Pobre Alexandre, su cuello fue rebanado siete días antes que el de Robespierre.

Al salir de prisión, comprendí que la mejor manera de sobrevivir y asegurar el porvenir de mis hijos en la anarquía política que reinaba en París era seduciendo a la rica y poderosa élite burguesa surgida del caos revolucionario. Una amiga, la española Teresa Cabarrús, con quien había compartido celda, me presentó a un joven y tímido general de 26 años (seis menos que yo), Napoleón Bonaparte. 

Ahí comenzó mi segunda vida. Bonaparte se enamoró perdidamente de mí. Fue él quien comenzó a llamarme Josefina, el nombre con el que todos me conocen. Con un lenguaje que rozaba a veces lo ridículo, expresaba continuamente su pasión: “Me despierto lleno de ti. ¡Dulce e incomparable Josefina, qué extraño efecto causáis en mi corazón!”, me escribió al día siguiente de conocernos. “Me has arrebatado más que mi alma; eres el único pensamiento de mi vida”, decía. 

Yo acepté su propuesta de matrimonio más por conveniencia que por amor: ser la esposa del joven y prometedor general Bonaparte me granjearía la reputación y la seguridad económica que tanto anhelaba. Siempre hacía suyos mis deseos. Esta adoración ante mí me hacía sentir una divinidad.  

Yo vivía encantada con esta posición de poder absoluto sobre él. Nunca lo acompañé a sus campañas, en Italia o Egipto. Prefería quedarme en París, disfrutando de las fiestas y de la compañía de políticos y militares en sus salones y alcobas. Nunca me molesté en esconder mis infidelidades ni los turbios negocios que hacía aprovechando ser la esposa de quien era. Sabía que acabaría rendido a mis pies a cada regreso. 

Pero un día, esa influencia desapareció. Los halagos y muestras de devoción comenzaron a transformarse en reproches por mi indiferencia hacia él y mi comportamiento público. Tal vez no supe verlo, entregada a mi buena vida parisina, pero a medida que Napoleón ganaba poder, también aumentaba su seguridad en sí mismo ante mí y las tornas en nuestra relación comenzaron a cambiar.  

Las acaloradas discusiones y apasionadas reconciliaciones eran cada vez más frecuentes. Al regresar de Egipto, convertido en Primer Cónsul, no se divorció de mí, consciente de lo útil que yo le resultaba para sus relaciones sociales. En eso sí, formábamos una gran pareja: “Yo gano batallas, pero Josefina conquista corazones”, le gustaba repetir. 

Mi marido comenzó a llevar a su cama a damas mucho más jóvenes, sin esconder –como ya hice yo antes– su comportamiento infiel ante nadie. Aventuras muy humillantes para una emperatriz, ya que elegía a sus amantes entre mis damas de honor. Todo el influjo que yo había ejercido sobre él antes, me lo aplicó él a mí en forma de desprecios y humillaciones. 

Yo empequeñecí, transformada en una mujer débil, celosa y asustada de que la abandonase un marido al que había menospreciado, ahora que se había convertido en el personaje más poderoso del continente.

Echando la vista atrás, creo que nuestro matrimonio acabó en realidad en 1806, en el momento en el que una de sus amantes dio a luz a un hijo suyo. Ese día se hizo evidente que si el emperador no había engendrado un hijo legítimo no era culpa suya, sino de su esposa. Eso me dejó en una posición todavía más precaria dentro de la corte.  

La familia Bonaparte presionaba cada vez más al emperador para acabar con su matrimonio y buscar una esposa joven, fértil y de sangre noble. Tres años ha tardado en tomar la inevitable decisión.  

Ahora que este matrimonio ha acabado, pienso que es momento de aceptar mi destino de nuevo y comenzar mi tercera vida, la de exemperatriz, liberada de mis deberes oficiales y dedicada a mis pasiones en el palacio de Malmaison. Renovando y embelleciendo mi casa y sus jardines y ampliando mi colección de arte, y disfrutar de las visitas que todavía quieran compartir tertulias y veladas en mi compañía

Para ello cuento con que el emperador cumpla su palabra y mantenga su amistad y su favor hacia mí y hacia mis hijos.

---------------------------------------------------------------



No hay comentarios:

Publicar un comentario