domingo, 22 de marzo de 2026

¡MIÁU! La historia detrás del pueblo del sur de Francia que ama a los gatos. Oscar Checa Alparra. National Geografic.

 


Monumento al gato en La Romieu

¡Miáu!

Además de la devoción por estos pequeños felinos, esta encantadora villa de Gascuña cuenta con una colegiata con siglos de historia y unos recomendados jardines para desconectar.


Lo de La Romieu y los gatos viene de lejos. El amor por estos felinos que profesa este pueblo de Gascuña, en el sur de Francia, se remonta a la Edad Media. Y todo lo explica una leyenda, la historia de Angéline. Corría el año 1338 cuanto nació Angéline, una niña que quedó huérfana a los pocos meses y fue adoptada por una vecina que la crió junto a sus hijos. A la pequeña le encantaban los gatos: a su alrededor siempre había varios con los que jugaba, compartía la comida y que incluso dormían con ella por las noches.

La apacible vida de La Romieu, como la de otros pueblos de Occitania, se trastocó cuando una serie de años muy lluviosos impidieron que los campesinos pudieran sembrar los campos. La carencia de alimentos provocó una hambruna y, tras agotar las reservas de la Colegiata, la gente no tuvo nada que llevarse a la boca. La desesperación les llevó a pensar en los numerosos gatos que había en el pueblo, que fueron capturados para poder alimentarse. Los padres de Angéline, sabiendo cuánto amaba la pequeña a los suyos, le permitieron guardar en secreto una pareja.

 

Con el primer año de buena cosecha la situación comenzó a cambiar, pero ahora, ante la ausencia de gatos en el pueblo, las ratas se habían reproducido de tal forma que el grano almacenado peligraba. Los gatos que Angéline había escondido durante ese tiempo habían tenido varias camadas y, ante la inminente nueva catástrofe, descubrió a sus vecinos su secreto, anunciando que quien quisiera podía llevarse uno de aquellos gatos. Las ratas desaparecieron rápidamente y todo el mundo agradeció a Angéline haberles salvado de una nueva hambruna.


En tejados, ventanas y aleros se ven figuras de gatos, en recuerdo de la leyenda de Angéline.


En la acogedora plaza del pueblo, un busto de piedra recuerda esa leyenda: representa a Angéline, con rasgos felinos y unas orejas de gato que, como cuenta el relato, acabaron por definir su rostro. La diseñó el escultor Maurice Serreau cuando oyó a una anciana del lugar contar la historia a sus nietos.

¡Pero esa estatua no es la única! Por toda la plaza, así como en diferentes rincones de las calles adyacentes, también podemos ver otras con la figura de gatos en las fachadas de las casas: gatos que caminan por el alfeizar de las ventanas, que se encaraman en lo alto de un muro, sentados en algún pilar, acechando en el saliente de una pared... Casi se convierte en un juego se seguir la pista o de encontrarlos a todos.


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