A colación de la leyenda negra no son pocas las veces que sale
a relucir, muchas veces, sorpredéntemente, desde fuentes
sajonas, el exterminio de indígenas que produjo la llegada
de los españoles a tierras americanas, siendo que muy por
encima del abuso de algunos caciques, el descenso demográfico
de la población autóctona de la España de ultramar se debió
a la falta de defensas de los nativos respecto a las enfermedades
que llegaron de Europa, de forma que ese descenso se hubiera
producido en cualquier caso fuera la que fuese la forma en
que se hubiera producido el encuentro.
Más allá de esta realidad, España puede arrogarse el
mérito de haber producido una expedición con el único
objetivo de reparar en lo posible esta contingencia, una expedición
que se llevó a cabo por medio de unidades navales dirigidas por
el eminente médico militar Francisco Javier Balmis y Berenguer.
La misión fue y sigue siendo conocida con el nombre de
"La expedición filantrópica"
Con la sanación del último caso en Somalia en 1977, la viruela
quedó oficialmente erradicada en el mundo, siendo hoy, junto
a la peste bovina, las dos enfermedades principales dominadas
por el hombre.
Hubo, sin embargo, un tiempo no muy lejano en que la viruela
era uno de los grandes azotes de la humanidad, pues se llevaba
una media de cuatrocientas mil vidas al año, con el terrible añadido
de que se cebaba especialmente en los niños. Por eso, cuando en
1796, coincidiendo con uno de los periodos de mayor expansión
de la enfermedad, el científico británico Edward Jenner anunció
que había encontrado la forma de impedir el contagio, el mundo
aplaudió alborozado su descubrimiento. El método Jenner se basaba
en la observación y la constatación de que las mujeres que
ordeñaban vacas se infectaban de la llamada "viruela vacuna",
una enfermedad menor derivada de la principal, que no teniendo
ni de lejos la gravedad de esta, contaba, por el contrario, con la
virtud de inmunizarlas contra la enfermedad asesina.
Con el nombre generalizado de vacuna, el método llegó a España
en el año 1800, comenzando de inmediato una campaña de
vacunación que se extendió por todo el país, y justo cuando la
enfermedad comenzaba a ser vencida en nuestra geografía, se
desencadenó una epidemia de enormes dimensiones en el Virreinato
de Nueva Granada, repúblicas hoy de Colombia, Panamá, Ecuador
y Venezuela. Aconsejado por Francisco Javier Balmis y Berenguer,
médico militar y cirujano honorario de la corte, Carlos IV, que había
sufrido la enfermedad en la persona de su hija María Luisa, decidió
organizar una expedición para extender la vacuna al imperio de ultramar.
El problema principal al que se enfrentaba Balmis, como director
de la expedición, era que la vacuna sólo se conservaba 12 días in vitro,
por lo que había que idear la forma conseguir que resistiese en perfecto
estado durante el trayecto a América primero y a Filipinas a continuación.
La solución consistió en inocularla de brazo a brazo, de forma que el
virus de la forma leve de la enfermedad se conservara activo, inmunizando
a cuantos intervinieran en la cadena de trasmisión. Para ello era necesario
un grupo de niños de 4 a 14 años a los que se fuera inoculando la
enfermedad durante el viaje, niños que en número de 22 fueron
reclutados en un orfanato de La Coruña.
Además del cariz humanitario de la expedición, Balmis consideraba
que los españoles tenían una deuda con los indígenas de las colonias,
cuyos organismos, sin defensas para las enfermedades traídas por los
europeos, habían quedado diezmados, entre otras, por la propia viruela,
que causó en aquellos países un colapso demográfico que en pocos
años hizo descender la población de los 14 millones de individuos a
apenas 2. Entre otros, la viruela arrebató la vida al príncipe azteca
Cuithaulac y al monarca inca Huayna Capac, de la misma forma que
en España, durante una grave epidemia, se había llevado la vida de
Luis I, el más efímero de nuestros borbones.
La expedición zarpó de La Coruña el 30 de noviembre de 1803,
el mismo día en que nuestra bandera era arriada de la Luisiana para
ser reemplazada por la francesa. El buque seleccionado fue la
"María Pita", una corbeta de 200 toneladas que embarcó dos mil
pares de recipientes para mantener el fluido y 500 ejemplares del
manual para la vacunación. A su llegada a las Islas Canarias, la
Expedición Filantrópica, nombre con el que ha quedado perpetuada,
vacunó a cientos de personas utilizando como fuente a dos de los
huérfanos recogidos en Santiago. De Canarias la "María Pita"
navegó a Venezuela, donde los expedicionarios fueron recibidos
como héroes y vacunaron a miles de personas. En Venezuela la
Filantrópica se dividió en dos, marchando el propio Balmis a Cuba
y México y su colega José Salvany a Colombia, Perú, Chile, Bolivia
y Panamá, donde siguió salvando vidas a pesar de la oposición de
un consejo de médicos locales en Perú que se estaban lucrando con
la distribución de la vacuna, y la desconfianza de los indios, que no
entendían como una pequeña parte de la enfermedad habría de servirles
para librarse de ella. A pesar de todo y antes de morir exhausto por el
esfuerzo, Salvany consiguió vacunar a 56.000 personas.
Por su parte, cumplida su misión, Balmis se embarcó en Acapulco
para Filipinas con un grupo de niños mexicanos portadores de la vacuna,
arribando a Manila después de 67 días de penosa navegación. El 14
de agosto de 1806, tras circunnavegar el mundo con la vacuna salvadora,
Balmis llegó a Lisboa, trasladándose de inmediato a Madrid para dar
cuenta en la corte del desarrollo y éxito de su misión.
Erradicada la viruela, se conservan dos cepas criogenizadas de la
enfermedad en sendos laboratorios de los EE.UU. y Rusia, después
de que el gobierno británico destruyera una muestra que custodiaba
y confiara la defensa sanitaria de los ingleses a los Estados Unidos.
Actualmente hay un fuerte debate sobre la conveniencia o no de
conservar las cepas, y hay opiniones para todos los gustos, pues
mientras los más agoreros apuntan a que estos países podrían iniciar
en el futuro un amago de guerra biológica como hicieron con sus
misiles balísticos durante la Guerra Fría, otros sostienen que la
desaparición de las cepas no supondría la erradicación definitiva
de la enfermedad, pues el cambio climático está certificando la
existencia de cepas de la viruela congeladas en momias siberianas
de fallecidos por la enfermedad.
Debates al margen, no quiero dejar de resaltar la perseverancia y
dedicación del equipo del doctor Balmis y su contribución a la
desaparición de la enfermedad. Y tampoco quiero olvidarme de los
niños que lo hicieron posible exponiendo sus pequeños cuerpos:
Vicente Ferrer (7 años), Pascual Aniceto (3 años), Martín (3 años),
Juan Francisco (9 años), Tomás Melitón (3 años), Juan Antonio (5 años),
José Jorge Nicolás de los Dolores (3 años), Antonio Heredia (7 años),
Francisco Antonio (9 años), Clemente (6 años), Manuel María (3 años),
José Manuel María (6 años), Domingo Naya (6 años), Andrés Naya
(8 años), José (3 años), Vicente María Sale y Bellido (3 años), Cándido
(7 años), Francisco Florencio (5 años), Gerónimo María (7 años),
Jacinto (6 años) y Benito Vélez (5 años).
Gracias chicos.
Fotografía: Busto del doctor Balmis en la facultad de Medicina de
Alicante
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