El pueblo serrano de Soria entre pinares con palacios levantados por la lana y una laguna glaciar de oscura fama.
Con una casa gemela en Barcelona y una iglesia levantada por un cantero de El Escorial, la localidad guarda multitud de sorpresas para el visitante.

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Este municipio llegó a ser el más grande de la comarca de los Pinares con una veintena de habitantes
Hace más de dieciocho siglos, un geógrafo griego anotó el nombre de una ciudad celta que, según la tradición, se convirtió con el tiempo en el de este pueblo de piedra y madera rodeado de pinares. Mucho después, sus vecinos se hicieron ricos llevando lana y troncos en carretas de bueyes por media España, y con aquel dinero se levantaron casonas blasonadas y hasta el palacio de un arzobispo de Palermo. Una de sus casas se consideró tan representativa que se reprodujo en Barcelona, y otras se pagaron con la fortuna de los que emigraron a América.
Monte arriba, un lago oscuro del que se dice que no tiene fondo inspiró a un poeta la historia de dos hermanos que arrojaron a su padre a sus aguas. El escritor llegó hasta allí en un otoño como este, después de atravesar un pueblo que hoy yace bajo un pantano y del que solo se salvó el cementerio. Ahora, mientras las hayas se vuelven de color cobre y los ciervos braman en el monte, las sendas suben hacia los circos que dejaron los glaciares, donde nace uno de los grandes ríos de la península.
Lana, carretas y blasones
Un pequeño aprendiz de perro pastor se rodea de las ovejas que tanta riqueza aportaron al pueblo
Vinuesa se asoma al embalse de la Cuerda del Pozo desde una loma del norte de Soria, en la comarca de Pinares y al pie de la sierra de Urbión. Antes de que llegaran los romanos vivían aquí los pelendones. En el siglo II, el geógrafo griego Ptolomeo cita una de sus ciudades, Visontium, que la tradición sitúa en este lugar y de la que vendría el nombre actual. Roma la unió con una calzada a Uxama, junto a la actual El Burgo de Osma, de la que aún quedan unos cuatro kilómetros. Su escudo, con un pino y un lobo, recuerda según la leyenda a los cazadores del lugar que salvaron al futuro rey Juan II del ataque del animal.
La riqueza le llegó de la lana y de la madera. Por su término pasan unos 20 km de la Cañada Real Galiana, uno de los caminos por los que los rebaños bajaban cada otoño desde los pastos de montaña hasta las dehesas del sur. Del pinar salían además las carretas tiradas por bueyes con las que los vecinos transportaban lana y madera a grandes distancias, un oficio que los Reyes Católicos protegieron en 1497. Aquella prosperidad atrajo a familias nobles como los Barnuevo, los Neyla o los Carrillo, y a finales del siglo XVIII Carlos III le concedió el título de villa. En el siglo XIX, el fin de los privilegios y la llegada del ferrocarril acabaron con el oficio.
La corte de los pinares
La talla románica de la virgen que se custodia en la iglesia se disputó entre dos pueblos
De aquel esplendor le viene el apodo de «la Corte de los Pinares». El centro del pueblo es la Plaza Mayor, en lo alto de la loma, rodeada de casonas con puertas con grandes arcos por los que entraban los carros. La preside la iglesia de Nuestra Señora del Pino, que empezó a construirse en 1591 bajo la dirección de Juan de Naveda, un cantero que había trabajado en las torres de El Escorial.
Mezcla de gótico y renacentista, cubre sus tres naves con bóvedas decoradas con estrellas y flores de lis y conserva en la portada uno de los relojes de sol más antiguos de la provincia. Dentro destacan el retablo mayor, del siglo XVII, obra de Domingo González de Acereda, y una talla románica de la Virgen. Según la leyenda, la imagen apareció en un pino que tenía la copa en Covaleda y el tronco en Vinuesa, y los dos pueblos se la disputaron.
Desde la plaza sube la calle Luenga, que en castellano antiguo quiere decir «larga», con casas blasonadas a ambos lados. La primera es la Casa de los Leones, que tiene relieves de estos animales junto a su escudo. Más arriba aparece el palacio de Pedro de Neila, un clérigo nacido en 1588 en el cercano Gallinero que llegó a ser arzobispo de Palermo y murió siendo obispo de Segovia.
En su fachada de piedra labrada hay frontones sobre las ventanas enrejadas y tres escudos. Más sobrio es el palacio de los Marqueses de Vilueña, que levantó a mediados del siglo XVIII una rama de los Carrillo, de grandes sillares y con cuatro balcones. La calle termina en la Plazuela, presidida por el rollo, la columna de piedra que se levantaba en las villas con derecho a juzgar a sus propios vecinos.
Pino, piedra y fortuna indiana
La arquitectura típica de la serranía soriana puede verse en un paseo por la localidad
En el número 8 de la calle Luenga está la Casa de los Ramos, construida en 1778 y considerada el mejor ejemplo de arquitectura pinariega, la que combina los muros de piedra con la madera de pino de los bosques cercanos. Tiene dos plantas y desván, un balcón corrido de madera labrada y un amplio alero sostenido por canes.
En lo alto asoma la chimenea troncocónica típica de la comarca, un gran cono levantado sobre el hogar de la cocina, donde la familia se reunía junto al fuego. En 1996 fue declarada Bien de Interés Cultural, y es una de las casas que se copiaron en el Poble Espanyol, el pueblo que se construyó en la montaña barcelonesa de Montjuïc para la Exposición Internacional de 1929 con réplicas de edificios de toda España.
Cuando se acabó el negocio de las carretas, muchos vecinos se marcharon a Argentina, México, Chile o Venezuela. Aquellos que hacían fortuna allí y la enviaban a su pueblo hicieron posible que se crease una sociedad benéfica, la Visontina, que costeó el empedrado de las calles, un frontón, varios puentes y el lavadero que se levantó en 1872 junto al río Remonicio.
Una placa lo dedica a sus paisanos de parte de «los hijos de Vinuesa residentes en Veracruz». Uno de ellos, Matías Ramos Calonge, compró el palacio de Pedro de Neila y lo donó para escuelas. Junto a la ermita de la Soledad, una casa de indiano con tejados puntiagudos y una torre alta rompe por completo con la arquitectura de la comarca, alzándose como testigo de una tierra de emigración.
El lago de Alvargonzález
La Laguna Negra ha sido objeto de leyenda y lugar de inspiración para distintos escritores de renombre
A unos 18 kilómetros del pueblo se encuentra la Laguna Negra, un lago que el hielo dejó al pie de un muro de roca casi vertical, y que debe su color oscuro al reflejo de esas paredes en el agua. A principios de octubre de 1910, Antonio Machado, entonces profesor en Soria, quiso ver el nacimiento del Duero.
Pasó por La Muedra, subió desde Vinuesa hasta la laguna y volvió por Salduero y Molinos de Duero. De aquel viaje nacióLa tierra de Alvargonzález, que publicó en 1912 en prosa y en verso, esta última dentro de Campos de Castilla. Cuenta cómo dos hermanos matan a su padre mientras duerme y arrojan su cuerpo a la laguna. Del crimen se culpa a un buhonero inocente, pero los asesinos, atormentados por la culpa, acaban hundiéndose en las mismas aguas.
Machado no fue el primer escritor al que impresionó la laguna. Ocho años antes, Pío Baroja ya había hecho decir a uno de los personajes de El mayorazgo de Labraz (1903) que en su fondo vive una mujer que mata a quien se acerca. En 1933, Miguel de Unamuno recorrió estos pinares para el diario Ahora y terminó el viaje en Vinuesa. Lo contó en el artículo Por el alto Duero, donde describe el pico de Urbión «como repujado en el cielo desnudo».
Hoy la orilla de la laguna se recorre por pasarelas de madera con miradores, y muy cerca cae una cascada. Durante los fines de semana de octubre, la Administración del Parque regula el acceso. El coche se deja en el aparcamiento del Paso de la Serrá, a kilómetro y medio, y el precio incluye la entrada a la Casa del Parque.
Los hayedos de la zona explotan de color en contraste con el verde oscuro del pinar
La laguna forma parte del Parque Natural Laguna Negra y Circos Glaciares de Urbión, declarado en 2010, que ocupa unas 4.600 hectáreas entre Vinuesa, Covaleda y Duruelo de la Sierra. Desde la laguna, un sendero sube hasta la Laguna Larga, la cumbre del pico Urbión, de 2.228 metros, el nacimiento del Duero y la Laguna Helada.
Antes conviene pasar por la Casa del Parque, a tres kilómetros del pueblo, donde un bosque sensorial de troncos de pino explica cómo el hielo modeló estas montañas. El valle del Revinuesa, por el que se sube, también es de origen glaciar. Las hayas crecen junto al río, en las zonas más húmedas, y los pinos ocupan las laderas soleadas. En estas semanas, además, es fácil oír la berrea, la llamada de los ciervos en celo.
Al pie del pueblo, el embalse de la Cuerda del Pozo, terminado en 1941 para regular el Duero, cubrió La Muedra, el mismo pueblo por el que había pasado Machado. Sus vecinos se repartieron por la comarca, y hoy el único testigo del pueblo es el camposanto, levantado en un alto.
Allí se inauguró en 2024 un memorial con versos dedicados al pueblo desaparecido, y se llega en un paseo de unos seis kilómetros y medio ida y vuelta. Cuando el pantano baja mucho, asoman además los restos del llamado puente romano, que formaba parte de la calzada hacia Uxama. Al otro lado del agua, la ermita de San Mateo se esconde entre pinos centenarios, junto a otro tramo de aquel camino.
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