Habrá que prestar atención al guía. Con esa neblina y esa vegetación de todos los tonos posibles de verde, me parecía estar en un paisaje prehistórico. Si alguien hubiera dicho que había visto un par de tiranosaurios por allí abajo, le habría creído. Las nubes bajas, típicas del otoño, impedían ver más allá de un par de palmos. Pero en esta isla en medio del Atlántico sus habitantes saben esperar. No en vano han logrado someter una naturaleza exuberante, sí, pero dura, con unas comunicaciones que pendían del hilo de los barcos que cruzaban el océano hacia Portugal. Pero el guía tenía razón: el sol apareció, la neblina se disipó y en el fondo de una profunda caldera se distinguía, allá a lo lejos, una serie de manchas blancas con el rojo pálido de las tejas, una pequeña formación urbana al borde de dos lagunas, una de aguas verdes y otra de aguas azules. Ahí sí pudimos ver Sete Cidades en todo su esplendor. ____________________________________________________ |
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