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El pueblo de Galicia con una capilla de dieciséis siglos | ||
El viajero que camina hoy sobre la hojarasca de los senderos lo hace amparado, quizá sin saberlo, por Mercurio, protector de caminantes y comerciantes, al que los romanos veneraron en este valle. El altar del dios, que apareció en unas obras de restauración, no fue la única veneración que se llevó a cabo en el lugar. Los suevos, el pueblo germánico que gobernó Galicia tras la caída del Imperio, eligieron el mismo lugar para enterrar a sus muertos. No eran los únicos atraídos por este rincón. En esas mismas tierras, a comienzos del siglo XIX, un puñado de vecinos encabezados por un militar y un párroco obligó a retroceder a las tropas de Napoleón, y por aquel caserío pasan hoy a diario los peregrinos camino de Santiago. En otoño, cuando las lluvias devuelven la fuerza al agua, la corriente ruge entre las rocas de una garganta que ella misma ha ido tallando, como si quisiera guiar los pasos de quienes se acercan a escucharla. Enlace: |
Los molinos formaron parte del paisaje de este lugar para aprovechar la fuerza del río
Petroglifos de la Edad del Bronce y un puente de origen romano jalonan los senderos que siguen el curso de su río.
El agua forma parte de la mayoría del camino, entre pasarelas y caminos donde ruge el río
Antes de entregarse a la ría de Arousa, el Ulla, que en su último tramo hace de frontera entre las provincias de Pontevedra y A Coruña, se ensancha entre marismas y bosques de ribera protegidos por la Red Natura 2000. En su orilla izquierda, una amplia vega gana altura hacia el sur hasta convertirse en las lomas de los montes Xiabre y Xesteiras. En este último brota un pequeño afluente de recorrido caprichoso, que corre primero hacia el oeste, recoge las aguas del rego dos Ferreiros y, como si cambiara de idea, gira de pronto hacia el norte para regresar al gran río, dibujando una uve sobre el mapa.
Ese afluente es el Valga, que bautiza tanto al municipio como a Ponte Valga, el lugar de la parroquia de San Miguel donde se levanta el ayuntamiento. Su propio nombre, ponte, puente en gallego, recuerda la importancia que siempre tuvo cruzar sus aguas. Ya en época romana las atravesaba la Vía XIX, la calzada que unía Braga con Lugo, y siglos más tarde esa misma corriente movía los molinos harineros que el diccionario de Pascual Madoz, la gran obra geográfica de mediados del siglo XIX, registraba en aldeas como Os Mártores o Raxoi, hoy convertidas en hitos de sus rutas.
Un sendero entre sepulcros:

La capilla de San Mamede tiene a sus espaldas dieciséis siglos de historia
La mejor manera de recorrer el curso del Valga es el PR-G 21, un sendero lineal que parte del vecino municipio de Cuntis, conocido por sus aguas termales, y desciende sin grandes desniveles por el valle del río hasta Ponte Valga, entre bosques, aldeas y molinos. Ya en tierras de Valga, el sendero pasa junto a la capilla de San Mamede, en el lugar de Os Mártores, un pequeño templo de granito cuyo origen se remonta a los primeros tiempos del cristianismo en Galicia, entre los siglos IV y V. En el siglo XII se amplió en estilo románico, aunque reformas posteriores borraron su aspecto primitivo.
Al restaurarla apareció un altar romano del siglo I dedicado a Mercurio, junto a una necrópolis de época sueva, el pueblo germánico que fundó un reino en el noroeste peninsular a comienzos del siglo V. Junto a ella, medio oculto por la vegetación, se conserva un sarcófago medieval, y según la tradición aquí podría estar enterrado Prisciliano, obispo de Ávila. Sus doctrinas fueron condenadas como herejía, y tras su ejecución en Tréveris, en la actual Alemania, en el año 385, sus seguidores habrían trasladado sus restos a Galicia. En esta parte del valle, desde el lugar de As Laceiras, a un kilómetro de Raxoi, sale el camino hacia la Pedra da Serpe, un petroglifo de la Edad del Bronce cuyas líneas en zigzag evocan serpientes.
La garganta entre molinos:

Dos molinos restaurados forman parte de esta ruta otoñal gallega
Pasada la capilla, el valle se estrecha y el Valga se descuelga entre las rocas en una sucesión de fervenzas que salvan un fuerte desnivel en apenas doscientos metros. El PR-G 21 se asoma primero a la de Raxoi, y poco después, donde se le une el rego dos Ferreiros, el agua se desploma desde más de seis metros en la Ruxidoira, la mayor de todas, cuyo nombre parece imitar en gallego el rugido que llena el bosque. A su lado aguardan los molinos de Parafita, dos de ellos restaurados en 2002, testigos de los siglos en que el pan del valle dependía de esta corriente.
En coche, se llega por el desvío hacia Pedrafita desde la N-550, hasta un pequeño aparcamiento antes de la aldea. Desde allí, unas pasarelas de madera renovadas se cuelgan de la orilla durante alrededor de un kilómetro bajo un umbrío bosque de ribera, entre pozas y rocas vestidas de musgo, hasta que unas escaleras descienden a la poza donde rompe la Ruxidoira. La humedad vuelve resbaladizas las piedras, y en días de crecida el río reclama algunos tramos. Desde aquí, el PR-G 21 sigue el agua hasta Ponte Valga, donde concluye, y aunque la Federación Gallega de Montañismo lo retiró de su catálogo en 2011, numerosas webs de senderismo recogen su trazado.
Tras los pasos del peregrino.

Las pasarelas discurren junto a las cascadas en su caída junto a los molinos
En su tramo final, el río acompaña también a los peregrinos del Camino Portugués, que recorren unos seis kilómetros por el municipio en la etapa entre Caldas de Reis y Padrón. El trazado entra por Casal de Eirigo, un caserío apacible que en 1809, en plena guerra contra la ocupación francesa, se convirtió en escenario de una sangrienta batalla. Allí, los vecinos, guiados por un militar y un párroco, salieron al paso de las tropas del mariscal Ney y del general Maucune y las obligaron a replegarse hasta Pontecesures.
Hoy solo rompen el silencio los pasos de los caminantes, que siguen hacia O Pino, donde se encuentra el albergue, y descienden por una pista que se adentra en el frondoso monte Albor siguiendo el cauce. Al salir de la arboleda cruzan el río y llegan a la iglesia neoclásica de San Miguel de Valga, del siglo XVIII, junto a un cruceiro y una casa rectoral con hórreo y palomar. En la parroquia de Campaña, y también sobre el trazado del Camino, el puente de O Souto salva el Valga en el mismo punto por el que lo cruzaba la antigua Vía XIX. Es una sólida obra de sillares de granito con pilas acabadas en tajamares, y aunque suele considerarse romano, algunos lo creen medieval.
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