miércoles, 3 de junio de 2015

EL GALLEGO QUE FUNDÓ EL AAIÚN. El Caid Manolo...


 

RECUERDOS DE UN «TUAREG» ESPAÑOL
El gallego que fundó El Aaiún.

Alberto Vázquez Figueroa llegó al Sáhara en 1950, siendo un niño. Allí conoció a Manuel Rodríguez, que fundó El Aaiún con 100 duros. El escritor recuerda a Mohamed VI que «quien no paga una deuda a un hombre del desierto se arriesga a que el desierto se la cobre». 

Alberto Vázquez Figueroa con su tía Fanny en las proximidades del Cabo Juny, en 1950.
La policía marroquí obligó esta semana al corresponsal de EL MUNDO a abandonar El Aaiún. Probablemente esa policía ha olvidado, o simplemente ignora, que la más hermosa ciudad del Sáhara fue fundada por un humilde gallego, Manuel Rodríguez Paseiro, que desembarcó como soldado de reemplazo al fuerte militar de Cabo Juby hace ahora unos 70 años, pero que llegó a amar tan profundamente el desierto y a sus gentes, que se quedó allí para siempre, aprendió sus dialectos y acabó por convertirse en el mítico Caíd Manolo, el hombre más querido por las tribus nómadas incluidos los irreductibles tuareg a las que consiguió pacificar sin más ayuda que su profundo amor y comprensión.

Cuentan que el día en que el famoso coronel Bens supo que Manolo había hecho amistad con el Caíd Salah, jefe indiscutible de las facciones aún rebeldes, le preguntó qué se podía hacer para atraérselos sin lucha, a lo que éste respondió:

Desde que las arenas se tragaron la ciudad santa de Smara, lo que más desean es tener otra con un gran zoco al que acudir a comerciar de vez en cuando.

El coronel le pidió entonces que construyera una, y el Caíd Manolo, acompañado del hijo del Caíd Salah, Mohamed, y de su fiel compañero de aventuras, el tuareg Mulay, se pusieron manos a la obra hasta encontrar el viejo cauce de La Sequía El Hamra, un punto idóneo en el que excavar un pozo.

Cuando estuvo terminado, impuso una norma: todo el que quisiera dar de beber a su ganado tenía que traer una piedra y dedicar un día de trabajo a construir el zoco. El té y el azúcar de los descansos los ponía él de su bolsillo.

Cuando tiempo más tarde el capitán general de Canarias acudió a la ceremonia de inauguración de la nueva ciudad, se asombró de la magnitud de cuanto se había hecho, por lo que le pidió a Manolo la cuenta de gastos. Éste escribió en un trozo de papel: «Por el té y el azúcar de la fundación de la ciudad de El Aaiún, 500 pesetas». Quizás el rey Mohamed VI debería pensar en ello cuando desfile sobre un caballo blanco por sus anchas plazas y sus hermosas avenidas.

Años más tarde, el Caíd Manolo vagaba como de costumbre por entre las dunas y los pedregales cuando se tropezó con un hombre perdido, enfermo y sediento. Le preguntó qué hacía allí, tan lejos de todo, y el arriesgado viajero replicó que andaba en busca de la ciudad santa de Smara. Manolo lo cuidó durante toda una semana y, visto que no conseguía disuadirle de su arriesgado empeño, le regaló su mejor camello y le proporcionó algunos buenos consejos sobre la mejor forma de sobrevivir en tan desoladas latitudes.

Tiempo después ese hombre apareció en Agadir asegurando que había encontrado Smara y que había escrito un poema que había guardado en una botella en el interior de la mezquita. A los pocos meses murió a causa de la fatiga y las infinitas calamidades que había padecido durante su loca aventura. Los escépticos, que como es sabido abundan en exceso y no tienen nunca nada mejor que hacer que mostrarse escépticos, pusieron en duda sus aseveraciones, pero Manolo se limitó a preguntar en qué zona había dicho que se encontraba la ciudad. Acompañado como siempre por sus fieles Mohamed Salah y Mulay exploró la región indicada hasta encontrar la mezquita y la botella, por lo que al poco dio a la luz el famoso poema de Videchauge que tal era el nombre del viajero Ver Smara y morir, dejando muy claro que el mérito no era suyo sino del francés.

Smara es, hoy por hoy, la segunda ciudad en importancia del Sáhara, y eso es algo que de igual modo el rey Mohamed VI debería recordar que le debe a un humilde gallego.

La segunda vez que Manolo visitó Smara me llevaba con él. Yo era apenas un chicuelo, y uno de los recuerdos que me quedaron grabados en la memoria para siempre y de esto hace ya más de medio siglo fue el momento en que me deslicé por la ladera de una inmensa duna para ir a penetrar por un ventanuco de la cúpula en la pequeña mezquita en que había estado oculta la famosa botella que guardaba el poema. Fui por lo tanto el primer niño y el segundo europeo que visitó la ciudad.

Por ello me dolería el alma que un día las autoridades de Marruecos me impidieran volver a ella, puesto que si ahora existe es porque quien se ocupó de mí cuando era un pobre huérfano desorientado en un mundo tan diferente al mío se empeñó en que las tribus nómadas de la región recuperasen la mítica ciudad fundada siglos atrás por el no menos mítico Sultán Azul.

Los «delimí» tienen un dicho: «Quien no paga una deuda a un hombre del desierto, se arriesga a que el desierto se la cobre». Y aunque hubiera nacido en A Coruña, Manolo era, ante todo, un hombre del desierto.

Años más tarde regresé al «protectorado», y las dos primeras cosas que hice fueron visitar la mezquita por cuyo ventanuco me había deslizado siendo un niño, y buscar a Mohamed Salah.Cuando su nieto menor me sentó frente a él en la penumbra de su jaima, el anciano comenzó a evocar los largos nomadeos que habíamos realizado en compañía de su ya difunto amigo, para extraer al poco de una vieja caja de tabaco un grueso fajo de sobadas fotografías.

Muy pronto advertí que pese a que jamás se equivocaba al nombrar a cuantos estábamos en ellas, en ocasiones estaba mirando las fotos por el reverso. Y es que el viejo Caíd Salah se había quedado ciego tiempo atrás, pero resultaba evidente que había contemplado tantas veces aquellas fotografías, que conocía, tan sólo por el tacto, cuál era cada una, y quién aparecía en ella. No puedo negar que me conmovió comprender hasta qué punto podía llegar la sincera amistad entre dos hombres nacidos en puntos tan distantes pero que supieron amar durante años las mismas cosas, sacrificarse el uno por el otro, vivir juntos innumerables aventuras, mantenerse fieles a un recuerdo.

El Caíd Salah pagaba cada día su deuda con el hombre del desierto que construyó una ciudad para su pueblo. Por desgracia poco después de mi última visita a la región las cosas cambiaron, ya que llegaron gentes que nada sabían de amistad entre razas y religiones diferentes, de firmes compromisos y de palabras que se cumplían sin necesidad de que mediaran documentos. Se rompieron los lazos que seres como el Caíd Manolo habían dado años de su vida por estrechar, con lo que se traicionó a los hombres del desierto y esa es una deuda que el desierto siempre se ocupa de cobrar. Entraron en escena políticos corruptos que juraron fidelidad a los dos bandos olvidando el viejo dicho beduino que asegura que quien trata de montar al mismo tiempo en dos camellos acaba rodando por los suelos. Y nos empujaron a todos bajo las patas de las bestias cubriendo nuestro buen nombre de excrementos. El esfuerzo de tantos valientes acabó en forma de cuenta secreta en un banco suizo, y ya nadie se acuerda de aquéllos que trabajaron codo con codo noche y día bajo el tórrido calor de La Sequía El Hamra con el fin de perforar un pozo en torno al cual naciera una hermosa ciudad.

Aunque lo cierto es que yo, que tanto admiré a aquellos hombres siendo un niño, puesto que fueron mis maestros en el difícil arte de vivir en «la árida tierra que sólo sirve para cruzarla» que tal es el significado de la palabra Sáhara no me inquieto por ello, porque me consta que tanto el Caíd Manolo, como Mohamed Salah, como el targui Mulay murieron con honor.

Y sabido es que...

«Al Paraíso se puede entrar pobre, enfermo, humilde y sin esposas, puesto que allí reina la abundancia y todo te será concedido generosamente.

Pero al Paraíso nunca se puede entrar sin honor.

El honor es lo único que tienes que traer contigo cuando llegas».


  


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