martes, 1 de noviembre de 2022

La Piedra de Rosetta, la voz del antiguo Egipto.

 

Carme Mayans
Carme Mayans
Redactora de Historia National Geographic

La Piedra de Rosetta, la voz del antiguo Egipto

Allí estaba. En la estantería, junto a sus compañeros de colección. Alargué el brazo (yo era pequeña y me costaba llegar) y lo cogí. Miré la tapa con ilusión y me dispuse a abrirlo para pasar sus páginas y descubrir los secretos que se escondían en su interior. En aquella época no existía internet, y la televisión y los libros eran prácticamente la única manera de aprender y conocer otros mundos y otras culturas. El volumen que llamó mi atención hace ya tanto tiempo estaba dedicado al antiguo Egipto. Entre pirámides y tumbas me fijé en un fragmento de estela repleto de inscripciones. ¿Qué era aquello? El texto se refería a esa singular pieza como piedra de Rosetta. Fue la primera vez que me topé con el fragmento de estela que se convertiría en fundamental para que el erudito francés Jean-François Champollion descifrase los jeroglíficos egipcios y devolviese a la vida a una de las civilizaciones más importantes que ha visto nuestro mundo, una aventura fascinante de la que este mes de septiembre se cumplen 200 años.

Años después volví a toparme con la piedra de Rosetta. Esta vez en persona. Tenía 16 años y viajé con mis padres y mi hermana a Londres (un larguísimo viaje en coche desde Barcelona, cruzando el canal de la Mancha en ferry). La visita al Museo Británico fue un punto de inflexión para la adolescente que era entonces. Entre tesoros griegos, asirios y egipcios contemplé en su vitrina, impertérrito, el fragmento del decreto de Ptolomeo II que ha permitido a la humanidad atisbar a través de las puertas que ocultaban un mundo perdido desde hacía milenios. Comprendí la emoción del joven Champollion cuando en septiembre de 1822, tras días y días de arduo trabajo de investigación, se dio cuenta de que había hallado por fin la clave del misterio. Emocionado fue corriendo a comunicarle la noticia a su hermano y mentor, Jacques-Joseph, que trabajaba en el Instituto de Francia, en París, y mientras gritaba "¡Lo tengo!", cayó desmayado, vencido por la emoción y el agotamiento. Pocos días después, el  27 de septiembre, Champollion presentaba los resultados de sus investigaciones en la Academia de Inscripciones de París.

Ahora celebramos aquel feliz acontecimiento, que tuvo su génesis unos años antes, el 15 de julio de 1799, cuando un destacamento militar francés del ejército de Napoleón dio casualmente con esta piedra de 760 kilos en Rosetta (la actual Rashid), en la desembocadura del Nilo. Tras varios rifirrafes entre Francia y Gran Bretaña, la piedra acabaría en Londres, donde fue llevada como botín de guerra en 1801, y en la capital británica empezaría a ser objeto de estudio por parte de eruditos de toda Europa, que, decepcionados, no lograban dar con la tecla que les permitiese revelar todos sus secretos. Hasta que llegó el joven Champollion. Y lo logró.

La piedra de Rosetta, en el Museo Británico de Londres. Mide 1,12 m de alto, 75 cm de ancho y 28 cm de fondo.

Así, tras presentar sus conclusiones, Champollion pudo cumplir el sueño de su vida: viajar a Egipto. No lo hizo solo. En Italia, país adonde había viajado en 1825 para visitar sus importantes colecciones egipcias, el erudito francés había conocido al joven Ippolito Rosellini, que se convertiría en su discípulo más devoto. Ambos formarían parte en 1828 de la ambiciosa expedición franco-prusiana, que partió de Toulon el 31 de mazo en la fragata Eglé rumbo al país del Nilo para documentar exhaustivamente sus monumentos y copiar miles de inscripciones jeroglíficas. Resultado de este viaje (en el que los toscanos se llevaron unos 900 objetos que acabarían constituyendo el germen de la colección egipcia del Museo de Florencia) fue la realización por parte de Champollion de la obra de su vida, Los monumentos de Egipto y Nubia, un trabajo en diez volúmenes en el que él y Rosellini llevaron a cabo una ingente labor de recopilación sobre la fauna, la flora, las gentes, los paisajes y los monumentos de Egipto.

Tras su regreso a Francia, Champollion siguió estudiando los jeroglíficos, intentando escuchar lo que aquellos textos e inscripciones, hasta entonces solamente bellos, tenían que decir. Pero no pudo saborear por mucho tiempo su éxito, ni tampoco profundizar tanto como le hubiese gustado en la historia milenaria de aquel país que tanto amó. La muerte llamó a su puerta el 4 de marzo de 1832, cuando tan solo tenía 41 años. A pesar de su temprana desaparición, la cultura siempre estará en deuda con el estudioso francés. Y es que aunque hubo algunas controversias sobre el proceso de desciframiento y la rivalidad que se estableció entre Champollion y el estudioso británico Thomas Young, existe actualmente un amplio consenso entre los historiadores sobre a quién debe atribuirse la autoría del desciframiento de los jeroglíficos egipcios, sin dejar de lado, por otra parte, la inestimable contribución de muchos otros investigadores en esta titánica tarea.

Existe un soneto compuesto en 1818 por Percy Shelley, uno de los más importantes poetas en lengua inglesa, titulado Ozymandias. En él hace referencia a la brevedad de la gloria y al olvido en el que caen los grandes imperios que en el mundo han sido: "Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad! Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas". Sí, todo parecía caer irremisiblemente en el olvido, tal como declaraba el poeta con tristeza. Aunque, afortunadamente, en el caso de Egipto no iba a ser para siempre. Hubo alguien capaz de devolver la voz a una civilización que estaba muda. Ese es el gran mérito de Champollion. Y eso es lo que celebramos este mes de septiembre.

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